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Málaga: el verano de nuestra vida

¿Y ahora, qué hacemos?

¿Y ahora, qué hacemos? / Javier Albiñana (Málaga)

Cuando era niño, Málaga nos parecía una ciudad más bien fea. Quiero decir, a mí y a los niños con los que pasaba el tiempo en el colegio y en la calle. Cualquier otra ciudad a la que fueras te parecía mucho más bonita, con sus monumentos, sus calles empedradas, sus edificios singulares, ya saben. Tales impresiones son habituales en edades tempranas, cuando lo que hay por ahí, en cualquier otra parte, te resulta mucho más estimulante y atractivo que lo que tienes en casa. Eran aquellos años de una Málaga que muchos representan hoy como poco menos que Mordor, oscura, gris, insalubre, violenta, sucia hasta el colmo y llena de yonquis que te asaltaban en cualquier esquina. En honor a la verdad, aquellas otras ciudades que pude visitar entonces, casi siempre andaluzas, no corrían mucha mejor suerte: su estado de abandono no era más relajado, la basura se amontonaba en cualquier esquina y, bueno, la heroína golpeaba con igual fuerza en todas partes. A pesar de esto, supongo que lo que me fascinaba de estas otras plazas era que, sencillamente, ninguna de ellas era Málaga, la que me tocaba en suerte cada día. Reconocer la belleza del lugar de uno, con la mayor serenidad y a salvo de los chauvinismos al uso, entraña un ejercicio de madurez notable; pero lo cierto es que sí, con los años Málaga se reveló como aquella ciudad encantadora, de hermosura discreta pero justamente por eso seductora, luminosa, accesible y a la vez de suficientes hechuras como para perderse. Con los años pude viajar a distintas ciudades del Mediterráneo y encontré aquellos mismos rasgos compartidos, una matriz común, una luz embaucadora y estimulante, una manera de entender la vida y el paso del tiempo que conectaba con una familiaridad reveladora. Mientras tanto, uno había ido comprendiendo que tal vez la belleza de Málaga se resistía más a ser vista, que su hallazgo y disfrute exigían, en cierta medida, de este mismo proceso de madurez; pero, al mismo tiempo, cabía admitir que esta resistencia no se debía a la carencia de los emblemáticos testimonios del patrimonio histórico que podíamos ver en otras ciudades, como se nos decía a menudo, sino al olvido y destrucción de los testimonios del paso del tiempo con los que sí contábamos. Con la peatonalización del Centro de hace ya dos décadas empezó la gran transformación, la transición a una ciudad distinta, más moderna y habitable, con menos calles oscuras y más museos, menos yonquis y más terrazas para el turismo. Lo que no sospechábamos era que el despliegue de semejantes escenarios estaba sirviendo de premisa a una mercantilización de la ciudad que pasaría por la expulsión de la población y cuyas consecuencias son cada vez más dolorosas. Veinte años después, Málaga es otra vez una ciudad sucia y violenta, con más ingresos por el turismo pero con serias dificultades para lograr que una parte del beneficio que atañe a los fondos de inversión redunde en la ciudadanía. El discurso que opone el Mordor de antaño a la Arcadia presente conserva su éxito de manera casi hegemónica, pero, tanto entonces como ahora, Málaga es una ciudad invisible. Si antes era la decadencia la que se encargaba de ocultar y destruir la identidad real de la ciudad, ahora es el escaparate, acaso otra forma de decadencia, el que ejecuta la misma tarea. La impresión es que, en cualquier tiempo, gobierne quien gobierne, Málaga es siempre lo último para sí misma. Y, quién sabe, tal vez resida aquí parte de su encanto.

Entre el Mordor pasado y la Arcadia presente, Málaga ha sido más una playa que una ciudad

Viene todo esto a cuento, paciente lector, porque hace unos días me di un paseo por la Malagueta, un barrio que disfruto siempre por las posibilidades que ofrece a los sentidos. Me encanta el entorno de la Plaza de Toros, el Paseo de Reding, la arquitectura distintiva, sus árboles, el modo en que la luz aquí se vierte en matices casi cristalinos. Encontré los nuevos contenedores inteligentes en los que uno puede desprenderse de casi cualquier residuo imaginable (sólo eché en falta un depósito para la kryptonita), aunque las aceras no estaban, ay, todo lo limpias que debieran. Me gusta siempre dejarme caer por la calle Rafael Pérez Estrada, una de las más bellas de Málaga, y enfilar desde ahí por el Paseo Marítimo. Bajo la tórrida flama de la primavera, la playa estaba llena con maneras de julio: los cuerpos se achicharraban al sol, apretados a menudo, y allí estaban, los canis con sus amplificadores reguetoneros a todo volumen, las familias con los tuppers y los botes derramados de protector solar, solitarios libro en mano o con la cabeza puesta en cualquier sitio, cuadrillas de machitos británicos rojos como langostinos y otras fascinantes criaturas. Y reparé, entonces, mientras unos críos le daban patadas a un balón en la arena como si les fuese la vida en ello, que seguramente Málaga no ha sabido pulir bien su propia esencia porque siempre, al menos en el último siglo, ha visto lo mismo cada vez que se ha mirado en un espejo: una playa. Una playa con sus temporadas, sus usos y sus requerimientos. Una playa que necesita sus condimentos, como los que ofrecen la hostelería y los museos. Toda la vida ha girado en torno al verano, al plazo marcado en el calendario para que la playa tuviera sentido, la Feria, los hoteles, el stand de Fitur, la cultura, el pescaíto, las colas en la heladería Inma. Ni siquiera han faltado en los últimos años procesiones extraordinarias ante un público mayoritariamente en bañador. Y también ha sido la playa, por supuesto, el primer motivo de asueto para los malagueños: si el día está bueno y hace calor, ¿a quién le importa cualquier consideración respecto a la ciudad, su urbanismo, su movilidad, su espacio público, su sostenibilidad, su desigualdad social o lo que ustedes quieran, habiendo ahí una playa abierta todo el año? Si el viejo lema del Mayo del 68 afirmaba que bajo los adoquines de la calle estaba la playa, aquí lo verdaderamente difícil es encontrar una ciudad bajo la playa misma.

Málaga tiene que recorrer todavía ese camino de madurez hasta reconocerse como una ciudad digna, acogedora y hermosa

Ahora que, albricias, el cambio climático nos ha prodigado este verano expandido, ardiente desde marzo hasta noviembre, resulta considerable pensar que el protagonismo de la playa crecerá en consecuencia. Que Málaga seguirá poniendo los mismos huevos en la misma cesta, sólo que por triplicado. Pienso, mientras va llegando la hora de tomar una cervecita en algún sitio al fresquito, que Málaga, igual que aquellos niños que fuimos, tiene que recorrer todavía ese camino de madurez hasta reconocerse como una ciudad digna, acogedora y hermosa. Es cierto que se ha perdido mucho patrimonio histórico, pero no se trata únicamente de esto. También es importante caer en la cuenta, de una vez, de que Málaga no es sólo una playa con bares, museos y franquicias de grandes marcas. Que las ciudades no son sólo las otras, que la nuestra también lo es. Y que, por tanto, no se puede gestionar Málaga como una playa, sino que hay que ordenarla y dotarla de recursos como la ciudad que es. Y entonces, cuando Málaga se mire a sí misma con ojos de ciudad, igual ya no pasamos por alto tantas cosas. A lo mejor ya no nos parece tan bien que sean los fondos de inversión los que gobiernen la ciudad, ni que se promuevan rascacielos contrarios la identidad de Málaga y se le sigan negando las zonas verdes que necesita. Sospecho que tendrá que pasar aún más tiempo. Estamos empezando. Pero ahí estamos.       

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