Para ser de Málaga

Calle Larios

Ante la premisa de que aquí vive gente que ha nacido en los más distintos orígenes, y ante ciertas tentaciones identitarias, podríamos concluir que ser malagueño se parece a ser de todas partes

Málaga: elogio de lo nuestro

Al cabo, ¿hay alguien ahí fuera que no sea de Málaga?
Al cabo, ¿hay alguien ahí fuera que no sea de Málaga? / Javier Albiñana

Hace unos días compartí una distendida tertulia en un bar del barrio con cuatro conocidas. Se trataba de un grupo sin mucha relación previa, así que, como suele suceder en estos trances, cada una fue contando su historia, sus orígenes, sus trayectorias personales y profesionales, en fin, ya saben, todo eso que se expone a modo de convención para presentarnos ante los demás. Me dio entonces por preguntarles a las cuatro dónde habían nacido y todas ellas lo habían hecho fuera de Málaga: una en Jaén, otra en París, otra en Galicia y otra en Almería. Sin embargo, todas ellas se consideraban malagueñas, sin ninguna duda, aunque en grados distintos: para algunas, el hecho de haber nacido en otra parte constituía apenas un matiz accidental que no restaba evidencia alguna a su identidad malagueña, si bien otras preferían inclinarse por una identidad compartida. Por supuesto, la cantidad de páginas escritas en la memoria de los lugares de nacimiento y la acumulada en Málaga influía al respecto, pero, en todo caso, pude constatar algo por otra parte bien sabido: a poco que preguntes a la gente en esta ciudad, a sus vecinos, te encontrarás con que la mayoría ha nacido en otra parte. De los cinco que armamos aquella tertulia espontánea, el único nacido en Málaga era yo. Pero mis orígenes familiares se remontan a la provincia de Córdoba, ya no por mi apellido, sino por mis abuelos, parte de aquella generación que decidió desplazarse desde las poblaciones del interior a una Costa del Sol con más posibilidades en una posguerra tremendamente cruda. Al mismo tiempo, resulta curioso el modo en que a no pocos malagueños parece costarles, todavía, aceptar que se pueda ser igual de malagueño sin haber nacido aquí, como si un lugar de origen distinto te inhabilitara de por vida, por muchos años que lleves viviendo en Málaga, por mucho que hayas trabajado por esta ciudad y sus habitantes. Pero ya sabemos que las contradicciones también definen los territorios, a menudo más que las verdades simples. 

Resulta curioso el modo en que a no pocos malagueños parece costarles aceptar que se pueda ser igual de malagueño sin haber nacido aquí

No pasa nada: este tipo de diásporas son comunes y son igualmente visibles en lugares de cierta prosperidad, especialmente donde reina el buen clima y el litoral es un hecho, no una promesa. También es cierto que, históricamente, Málaga ha sido repoblada varias veces casi en su totalidad por oriundos de diversos lares, como en la conquista cristiana. Y, en otras ocasiones, buena parte de quienes la han habitado han tenido que tomar las de Villadiego, como en el trágico episodio de la huida por la Carretera de Almería en la Guerra Civil, que devolvió a tal diáspora, cuando no a la muerte, a numerosos malagueños. En aquella tertulia salió a la palestra otro argumento habitualmente esgrimido cuando se aborda este asunto: esta especie de trasvase continuo de población ha podido traducirse en una falta de arraigo, en una identidad débil que explicaría, de paso, la legendaria pasividad malagueña, su proverbial indolencia, la escasa inclinación de los malagueños a movilizarse por lo que legítimamente le corresponde o por abrir nuevas posibilidades a su sustento cuando las habituales parecen agotarse. Y, bueno, sería razonable dar por buena esta idea. Aunque no lo sería menos considerar que, a menudo, se le han puesto delante a la población malagueña con tal de que arree ciertas zanahorias ante las que la misma vecindad se ha encogido de hombros, como si en el fondo, o en la superficie, tampoco valieran tanto la pena. A menudo nos preguntamos qué habría sido de Málaga con una identidad local más formada, más consciente, más labrada desde antiguo y más inculcada de manera natural. Determinadas señas de identidad popular muy firmes desde siempre en otras ciudades andaluzas y españolas, como la Semana Santa y el Carnaval, han logrado una aceptación a la altura en Málaga, en realidad, de manera muy reciente. No se trata de esto, vale, pero lo popular no deja de ser un termómetro fiable. 

Lo mejor que se puede hacer es dejar a la gente ser de Málaga como le dé la gana

Es posible que el lío de las identidades no conduzca a ninguna parte. Pero lo cierto es que el debate al respecto ha vuelto al espectro social, y de qué manera, con una virulencia desconocida desde hacía ya décadas. No es fácil aportar conclusiones, pero creo que la ausencia de una identidad secular ha hecho de Málaga la que es con más efectos positivos que negativos. Cuando ha correspondido, la capital, así como buena parte de la provincia, ha podido incorporarse a una modernización transformadora y reformadora que en otras ciudades con identidades mucho más rigurosas se quedó sin concluir. Nuestra historia particular en este periodo democrático así lo demuestra. Sí creo que la aceptación de las identidades múltiples ha derivado en los últimos años a un presunto cosmopolitismo que demasiadas veces ha incurrido en un beneficio sólido solo para unos pocos y una exclusión contundente para otros muchos, en el peor signo de la desigualdad social. Por esto, si queda un trabajo por hacer es el de adopción de esa identidad débil como una escuela eficaz para la inclusión social, no su contraria, quizá desde la aceptación de que la pertenencia de clase ofrece más argumentos a la acción política que la identidad misma. En fin, uno cree que al final lo que cuenta es la madera de que se está hecho. Como escribió Ursula K Le Guin: si es una piedra, por mucho que te molestes en regarla no va a crecer. Lo mejor que se puede hacer es dejar a la gente ser de Málaga como le dé la gana, donde quiera que haya nacido. Al cabo, eso de venir al mundo sí que está sobrevalorado.

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