Málaga: elogio de lo nuestro

Calle Larios

Lo suyo sería partir de la idea de que aquí cabemos todos y de que la recuperación del espacio público, una vez culminada, debería servir para algo más que el refuerzo identitario, por otra parte convenientemente preservado

Málaga: la reflexión tranquila

Pero si al final lo nuestro es lo de todo el mundo.
Pero si al final lo nuestro es lo de todo el mundo. / Javier Albiñana

Pasé hace unos días por la calle San Agustín y encontré la tetería ya clausurada no sin cierto pellizco. Aquí conviene ser honestos y admitir que en los últimos diez años apenas habré visitado la tetería tres o cuatro veces, pero sí que frecuentaba el sitio en mis años de estudiante, cuando el Colegio seguía abierto justo enfrente y acogía conciertos y exposiciones. Y, claro, se me vinieron a la cabeza muchos recuerdos, ya lejanos pero ahí siguen, entre la afirmación y cierta dosis de fantasía, supongo. Digo esto porque la cantidad de lamentos que he visto publicados por doquier tras el cierre de la tetería ha superado cualquier expectativa en los últimos meses, como si todo el mundo la hubiera seguido frecuentando hasta ahora y, bueno, dudo que haya sido así. Particularmente, en mis últimas visitas tuve que admitir que no era la tetería de San Agustín el sitio en el que más en casa me sentía; más bien al contrario, la impresión de estar en otra ciudad ya solo cuando te arrimabas fue creciente con el paso del tiempo. Lamenté bastante más los cierres de El Harén y de Zouk, así como la reciente clausura del pub Shakespeare, donde los parroquianos nos reconocíamos, compartíamos tertulia con propios y extraños y nos veíamos acogidos, como en nuestro salón. Ojo, es una cuestión de gustos y de estos hay tantos como colores, pero cuando El Harén y el Shakespeare echaron el cerrojo hubo mucho menos ruido y menos golpes de pecho, aunque seguramente por eso su despedida me resonó más auténtica. Desconozco qué negocio ocupará el local de San Agustín, pero vaya, se admiten apuestas. Tendremos la calle más bonita de Málaga unos cuantos pasos más cerca de convertirse en una anodina vía de servicio, al igual que el resto del centro. La cuestión es que, entre los lamentos por el cierre de la tetería encontré no pocas llamadas a defender lo nuestro contra el apogeo hegemónico del turismo y, la verdad, me invadió cierto mosqueo. Sobre todo porque habría que llegar a cierto tipo de acuerdo respecto a qué es lo nuestro, es decir, el peliagudo asunto de la identidad. Que Dios nos coja confesados.

La identidad de Málaga tampoco puede calibrarse a efectos de rentabilidad porque no se puede reducir a una marca

Son muchas las voces que llevan (llevamos) años alertando de una erosión de la identidad urbana de la ciudad a beneficio de un modelo neutro y disneyalizado, ideal para un turismo barato, de combustión espontánea, que no quiere encontrarse en su destino nada raro, que le incomode; esto es, la peor clase conocida de turismo. A veces uno imagina qué pasaría si, en un futuro improbable, devueltas la viviendas turísticas al uso residencial y aplicada una distribución racional y equilibrada a las instalaciones hosteleras, todo esto llegara a revertirse; es decir, qué sucedería si nos encontráramos la posibilidad de cambiar el atrezzo chungo que tenemos por una disposición más humana, una medida más vecinal, más orientada a vivir que a gastar. Entonces sí, bien, podríamos orientar tal recuperación del espacio público, ahí es nada, a lo que podamos entender por la identidad de la ciudad. Ahora bien, ¿en qué consiste tal identidad? ¿Qué es exactamente lo nuestro? ¿Cómo lo distinguimos de lo que no es nuestro? ¿Quién decide, cómo se mide eso? Dictar en qué consiste la identidad urbana y cultural de Málaga es un ejercicio propio, también, del poder político. Y eso es precisamente lo que habría que evitar: una dictadura que indique en qué consistirá volver a ser malagueños cuando al fin podamos serlo.

Habrá que hacer frente a cualquier dictadura que indique en qué consistirá volver a ser malagueños cuando al fin podamos serlo

Porque me temo que el debate sobre la identidad de Málaga sigue enquistado en los mismos mimbres tradicionalistas de siempre. Y esos mimbres son, efectivamente, signos visibles del poder político. Prueba de ello es que las tradiciones que, según el discurso político, más nos definen, no se han visto en peligro ni un poquito a cuenta del apogeo turístico; al contrario, han sacado buen provecho monetizando cualquier posibilidad de espectacularización. No se trata de devolver la tradición a los corrales, por supuesto, sino de no dar la razón a quienes insisten en que lo que quieren quienes reclaman el fin del modelo es volver a lo de antes. Porque al final siempre volvemos a lo mismo de siempre: la identidad de Málaga está en su Semana Santa, en el Carnaval, en su Feria, en su gastronomía, en su folklore, en todo eso, pero de nada servirá el empeño en recuperar la ciudad si al final volvemos a lo de siempre. Ya no nos vale echar de menos un Quinto Toro en lugar de un local de brunch, porque la lógica impuesta incorporaría sin problema cualquier presunto signo de autenticidad, tal y como ha hecho, sin ir más lejos, con la Semana Santa. El problema es que sigue quedando pendiente un debate serio y hondo sobre la identidad de Málaga, en su definición y en la aceptación de que se trata de un fenómeno mucho más amplio, complejo, diverso y libre de lo que muchos, entre ellos no pocos garantes de las tradiciones, están dispuestos a admitir. A un servidor le encanta ver el ambiente de las casas hermandades en Cuaresma, con ese ir y venir de gentes, aromas y sensaciones; pero también querría que tuvieran su espacio otras muchas manifestaciones artísticas y culturales que a día de hoy operan en la clandestinidad, principalmente, por su resistencia a ser monetizadas. La identidad de Málaga tampoco puede calibrarse a efectos de rentabilidad, precisamente porque no se pueda acotar, no se puede reducir a una marca, por más que lo pretendan gobiernos e instituciones. Así que sería interesante que ese debate se fuera organizando, más que nada para tener claro qué hacemos cuando a alguien se le ocurra devolvernos la ciudad. Sin un plan previsto, tardarán apenas un minuto en volver a arrebatárnosla.  

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