Sobrevivir a "los demonios" de 'La Desbandá': “Mirara por donde mirara veía cosas que mi mente no podía explicar”
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—Nos vamos al parque a ver las palomas— le dijo su abuela a María Hidalgo la noche del 7 de febrero de 1937—, ponte guapa.
María tenía cinco años y, aunque no quería salir porque ya había anochecido, le hizo caso a su abuela. La pequeña se calzó un zapato en un pie y una alpargata en el otro y salió con su familia. Si vieron palomas, lo harían por el camino desde la carretera de Cádiz hasta llegar a la N-340, la carretera que une Málaga con Almería. Su padre llevaba a su hermana pequeña, Loli, a hombros y, para no perder a María, se amarró una cuerda a la cintura y le ató la mano. Su madre llevaba agarrada a su hermana mediana, Ana, y también le acompañaban sus abuelos, sus tíos y sus siete primos.
Hidalgo no lo sabía, pero estaba huyendo, y no era la única. En julio de 1936, siete meses antes, las tropas sublevadas intentaron ocupar Málaga, pero no lo consiguieron. La capital permaneció hasta enero de 1937 en una situación de ciudad fronteriza, cuando la ofensiva por parte de los nacionalistas se volvió más intensa. Entre 100.000 y 150.000 civiles tomaron esta misma decisión, saliendo en desbandá hacia Almería impulsados por el miedo a posibles represalias políticas, las amenazas de Queipo de Llano en sus intervenciones en la radio, la inercia de ver a sus vecinos huir o los rumores alarmantes sobre la manera de proceder del ejército de regulares de África a su entrada a los pueblos, explica el historiador Fernando Arcas en su libro Yo estaba allí.
Alfonso Mayorga tenía 16 años cuando su madre les avisó a su hermano pequeño y a él de que tenían que huir. Ella se tenía que quedar en Málaga porque su marido estaba en silla de ruedas y no podían acompañarlos. “Iban en una bicicleta. Mi padre la llevaba y mi tío iba sentado en el manillar”, explica Isabel la historia de su padre, ya fallecido.
El éxodo no solo ocurrió en la capital, sino que comenzó en los distintos municipios de la provincia, donde sus habitantes se dirigieron a Málaga a medida que la ofensiva de las tropas nacionalistas avanzaba. Armonía Lamas abandonó su Ronda natal a los siete meses. Su padre era anarcosindicalista y le dieron el aviso de que los sublevados iban a tomar la ciudad, por lo que ni él, ni su mujer, ni sus tres hijos estaban seguros allí. Él se fue con su batallón y su madre se fue con ella y sus hermanos a San Pedro de Alcántara con una prima de su padre.
Armonía empezó a padecer de estrabismo con tres años y su madre la llevó a Málaga a un oculista. Una vez en la capital ya no pudieron volver, porque había llegado la noticia de que San Pedro también había sido ocupado. Isabel, la madre de Armonía, estaba embarazada de la que sería su cuarta hija y tenía un sueño muy profundo, por lo que le encargó a su pequeña que la despertase si oía sonar las sirenas avisando de un bombardeo para poder huir al refugio. “Yo le decía: ¡Mamá, mamá! ¡Los demonios, los demonios, los demonios! y bajaba las escaleras corriendo”, explica Lamas a sus 93 años. Un día, su padre envió una comunicación avisando de que Málaga también iba a caer y que debían marcharse, así que emprendieron el camino hacia Almería.
María Hidalgo estuvo todo el trayecto protestando porque no quería andar y, para más inri, iba cojeando por llevar dos tipos diferente de calzado. Por el camino “veía a niños subidos en borricos, veía carros, gente andando, niños llorando…”, echa la vista atrás con casi 95 años. Al llegar a Torre del Mar pudo ver cómo bombardeaban a los civiles que huyeron, siendo en su mayoría mujeres, ancianos y niños. La aviación alemana y los buques Canarias y Cervera atacaban por aire y mar, mientras que a la vez la infantería italiana, acompañada de las tropas de regulares y falangistas, iniciaba la persecución por tierra. Los historiadores estiman que murieron entre 3.000 y 5.000 personas en esta huida conocida como La Desbandá.
Cuando comenzaron los bombardeos, Armonía iba subida en un caballo porque le dolían los pies de tanto andar. Tenía las punteras y los talones de los zapatos desgastados y su madre le pidió a un miliciano que la llevara. Entre toda la gente que huía, Armonía se perdió. La familia de Hidalgo también se extravió al esconderse de las bombas, y continuó el camino con su padre y su hermana pequeña. Manuel Triano tenía seis meses cuando vivió la huía. Iba con sus padres, sus dos hermanos mayores y sus abuelos maternos. A su madre, que lo llevaba en brazos todo el camino, dejó de subirle la leche por el miedo que pasó durante los ataques. Alfonso y su hermano se separaron al intentar sortear las bombas. El mayor de los hermanos Mayorga le contó a sus hijos que más de una vez se refugió de los bombardeos entre las rocas y, al levantarse, se percató de que la persona con la que estaba escondido había muerto.
“Si alguien moría no se podía ni enterrar. Se tapaba con lo que fuera, con piedras o con ramas y tenías que continuar, porque si no ya sabes lo que podía ocurrirle a los demás”, señala Manuel Triano. A María Hidalgo no se le borra de la retina todo lo que vio en la carretera de la muerte con cinco años. Su padre le pedía que no mirara, pero resultaba imposible no hacerlo: “Mirara por donde mirara veía cosas que mi mente no podía explicar”, recuerda.
A Triano le buscaban leche en los pueblos cercanos y la calentaban en una lata para que pudiera comer. El pequeño, que ahora va a cumplir 90 años, llegó con su familia hasta Alicante, donde estuvo hasta que acabó la guerra. Alfonso Mayorga se encontró con su hermano llegando a Almería porque silbó una canción que el otro reconoció, aunque más tarde los encarcelarían en una plaza de toros. María Hidalgo también llegó a tierras almerienses y su padre encontró a su abuela al ver su nombre en el periódico.
Por otro lado, a Armonía la encontraron debajo de unos cuerpos sin vida y el portero de la azucarera del Marqués de Larios, Pepe, la acogió y fue una más de su familia. A través de una vecina se enteraron de que la madre de Armonía estaba en Valencia y se pusieron en contacto con ella para reencontrarse cuando acabase la guerra. “Mamá, ¿cómo que de tres hijos que tenías, llevabas a una y la perdiste?”, cuenta que le preguntó a su madre. “Tú no sabes el infierno que era eso”, le respondió.
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