Pepito de Mariana: el monitor de rehabilitación de adicciones de Marbella
Hace sesenta años empezó como botones, trabajó en hoteles de cinco estrellas y bares de la noche de Marbella, donde coqueteó y trapicheó con las drogas
La Cañeta y José Salazar, la pareja flamenca que cantó y bailó hasta los 84 años
Los mentirosos más grandes del mundo son los adictos. La mentira es la peor arma en la rehabilitación de un adicto, para justificarte te conviertes en un mentiroso compulsivo. Como los políticos, que son adictos al dinero, la peor de las adicciones del mundo. Si ahí no eres honesto, eres un mierda, un ambicioso del dinero. Lo dice José González Gómez, Pepito de Mariana, que siendo un adolescente se adentró en el incipiente turismo de Marbella.
En 1964, con trece años, cazábamos pájaros en la ribera del río Guadalpín, lo hacíamos para comer. En un momento que nos sentamos, oímos a un hombre, que iba para abajo, comentar que en el hotel Don Pepe estaban pidiendo trabajadores. Pepillo de África, El Tomé y yo, dejamos guardadas las escopetas de perdigones y llegamos hasta el cartel, se solicitaban botones, camareros, de todo. A los tres amigos nos dieron trabajo. Pepillo, que luego se casó con mi hermana, a la semana se fue al Marbella Club, donde tenía familiares trabajando. Llegó a ser metre del Centro Forestal Sueco, y El Tomé acabó siendo cantaor flamenco.
Llevábamos seis meses de botones, en la primera boda que dimos con Tomé, al salir vimos en el bufé una botella de Marie Brizard sin abrir, el único alcohol que conocíamos de niños, junto al aguardiente de las pastorales. Nos la bebimos. Tomé lió una, que lo echaron. Yo disimulé como pude, llegué malísimo a casa, mi madre me dio tazas y tazas de café. Allí estuve cuatro años. Fue mi escuela, aprendí a ser camarero con los mejores profesionales que había en la Costa. Antonio Ordóñez venía con su familia. Yo trabajaba en el bar de la piscina, cuando su hija Carmina, se dio un porrazo en el tobogán, la atendí y los padres me lo agradecieron. Con Carmina nos hicimos amiguetes, nos cambiábamos novelas de Marcial Lafuente Estefanía [románticas y del Oeste], que en mi casa las leía mi madre y yo también. Ahí empezó mi afición por la lectura.
En 1968 abrió el hotel Hilton, nos ofrecieron una categoría superior y más sueldo. Traían grupos de americanos, a los que se recibía con una fiesta y se les despedía con otra. Había bares en la discoteca, la piscina y en la playa, con los tres mejores profesionales. Las botellas de las fiestas que quedaban sin abrir las llevábamos a los tres bares, las vendíamos para nosotros y entre los siete nos lo repartíamos como hermanos. Como barman de la discoteca, conocí a un belga que iba a cazar clientes para la discoteca Pata Pata. Tenía una tienda de discos al lado de Goyo y hacía de DJ en los hoteles. Me presentó a Vic, el relaciones públicas del Pata Pata, cuyo dueño era un sueco, campeón del mundo de boxeo. Sabía que me gustaba la música y me dijo que Vic iba a abrir su discoteca: Old Vic. No me lo pensé, allí conocí a famosos, cuando entró fuerte la droga.
En 1973, en una colonia hippie, conocí la cocaína con el pintor El Bute, y Daniel, un marchante de obras de arte. La tomaba de vez en cuando. En el hostal El Castillo, donde paraban Triana y Lola Flores, conocí al fotógrafo y pintor catalán Alfredo Maulini, que me hizo una foto grande en papel. Hablé con él para ir a Barcelona. Allí me encontré con Chico Sánchez, hijo de la familia de Construcciones Marbella, estaba estudiando publicidad. Yo estaba en plena Rambla, él ya era director de Flan Dhul, ganaba una pasta y vivía en un pedazo de casa en el Tibidabo. Me hice cargo de la cocina de su casa. En el supermercado me encontré a El Maño, el exterior derecha del Málaga y del Marbella. Un esguince le había retirado del fútbol. Él había trabajado en un bar de Marbella y cocinaba muy bien, entre los dos llevábamos la casa. De ahí me fui con Chico y su novia a Castelldefels. Alquilamos el piso del medio de un triplex, el de arriba estaba vacío, dábamos fiestones con tripi (LSD). Así, vino una tía de Mallorca, que le gustaba fumar, y una antigua amiga canaria de Marbella, y la liamos. Les preparaba maletas Samsonite de doble fondo, iban a Marruecos y le metían ocho kilos de chocolate, que traían a Barcelona. Ellas ya lo habían hecho antes. El piso de arriba lo alquiló una familia, el hombre resultó ser inspector jefe de la primera brigada antidroga de España. Eso fue mala suerte. En una fiesta mandó a una brigada para ver qué pasaba, encontraron la colilla de un porrillo y acabamos en el arresto de Barcelona. El padre de Chico mando un abogado, a los tres días salimos y no pasó nada.
De vuelta a Marbella, andando por la playa por el Don Pepe, pasé por un chiringuito de ingleses, La Tropicana, el primero del dueño de Frank’s Corner. Allí me encargaba de poner las hamacas y cobrar los tiques. Un día hubo una fiesta gorda y me pidieron tirar cervezas del grifo. John Campari, como llamábamos a uno de los jefes que bebía Campari a todas horas, me propuso trabajar en un bar que iba a inaugurar un amigo inglés El Town House. Ahi empezó mi carrera de la noche, que terminó hace 17 años.
Al bar, llegaron un tal Johnny, un fotógrafo y cinco modelos de ropa interior. Habían estado haciendo fotos en la playa y en los chiringuitos para un catálogo. Venían a tomar una copa con el jefe. Cuando salí de la barra, una de ellas le dijo a otra: “te has fijado en el culo del camarero”. Me dijeron que estaban en el hotel Skol. Cuando terminé en el bar fui al hotel, pero en recepción no me dejaron pasar. La chica salió afuera y me indicó que se alojaba en la segunda planta, en la parte posterior del edificio. Trepé por una buganvilla y me colé a su habitación. Fue un flechazo. Se fue a Inglaterra, nos escribíamos cartas a diario. Volvió a Marbella y alquilé un apartamento al lado del Skol. Yo estaba liado con los porros que me traía un amigo americano. Estábamos felices, hasta que el portero se chivó, vino la brigadilla de la Guardia Civil y me pilló con una tabletita de chocolate del tamaño del teléfono. Eran los tiempos de Franco, me llevaron al arresto. Mi novia se quedó en la casa de mi madre. Al juez, un tal José María, le picó que ella fuera joven, tenía 17 años, me tuvo 31 días en el arresto, aunque no debía estar ahí mas de 72 horas.
En el patio, di con un estafador de Murcia, que me dijo: –Te ha tocado el juez católico apostólico romano. Pídele una audiencia y dile: “Estoy harto de sufrir, como lo está haciendo esa niña que está en la calle, con mi madre. Ante los ojos de dios estoy casado con ella. Comprenda usted mi sufrimiento que no lo puedo soportar”.
Lo repetí como si lo tuviera escrito en un papel. Al día siguiente estaba en la calle. Tenía que ir a firmar al juzgado cada quince días. La primera vez, me dijo el juez: “Está bien que usted esté enamorado, pero ella es extranjera. Piénselo eso de casarse”. Me dieron ganas de pegarle.
En los ochenta se empezó a mezclar la cocaína con la heroína, el peligro era que te absorbiera y te llevara poco a poco. Nunca en mi vida sentí esa conmoción de belleza haciendo el amor, era espectacular. Hasta que a los dos años todo se da vuelta y la droga te dice se acabó el placer. Pero ya estás enganchado.
Trabajé en el chiringuito más famoso de Marbella, el Cocoa Beach, abajo del Aresbank, donde más dinero he ganado. Estábamos todos enganchados, los dueños y los camareros, menos el que hacía las ensaladas y el escaparate de pescados. Trabajábamos mucho y las propinas eran exageradas, sacábamos 250 mil pesetas al mes, tanto como el sueldo, [unos 3.000 euros en total hace 40 años]. Si no estuviéramos enganchados en la droga, qué porvenir hubiéramos tenido. Trabajando normal, puestos, servíamos al Rey Fahd de Arabia Saudí, a las princesas, al séquito, a Eduardo el tesorero, a famosos y millonarios que venían en barco desde Puerto Banús. La gente más rica de Marbella estaba ahí. Era el chiringuito de cañas más importante.
Me da pena esa época, se murieron tantos. Tengo una foto que cada vez que la miro me dan ganas de llorar. De ocho, cinco ya no están. Fuimos a la jura de bandera de algunos de ellos, los más golfos fuimos al campo de tiro y nos tomamos un tripi cada uno. ¡La que liamos!
En los 80 todo iba in crescendo, quería salir de aquí, estaba vendiendo y tomando. Aquí lo conseguía muy fácil porque ganaba mucho dinero. Pero cuando estás con la heroína no ganas pasta, eres esclavo de ella. Todas las drogas te hacen esclavo, incluso el alcohol, posiblemente el que más. La heroína se adueña tanto de tí, no puedes hacer nada sin ella, ni comer o ir al baño si no estás puesto, es terrible. No quiere ni que bebas alcohol, no quiere enemigo. Primero la mezcla, luego al fumarla va al cerebro y la que manda es ella. Como te falte, ojito.
Conocía a unos judíos españoles de Málaga, engachados en la heroína. Uno de ellos, que había sido traficante, me dijo: “Vente a Canarias”. Iban a abrir un bar en la Playa de los Ingleses. Vendí lo que tenía aquí. Estuve, en el bar de tres barras, con una pista en el medio, coctelería y un discoteca. Hasta que vino una amiga de Marbella, a la semana de estar allí me dijo: “Qué barato está aquí lo nuestro, vamos a probarlo”. Y al saco otra vez. En un año vi el fondo de las drogas, pedí ayuda a mi hermana y me vine a Marbella.
Fuí a un centro de la Diputación de Málaga. Quería centrarme un poquito, trabajé en un bar del Puerto Deportivo y en uno de la otra esquina conocí a mi mujer. Le alquilé a Frank el local La Gitana. Cuando me casé en 1993, tenía siete empleados, la Guerra del Golfo y dos años de sequía, me obligaron a dejarlo y trabajar en Frank’s Corner, y luego en el Rock Club. Fueron cuatro años sin coca y apenas alcohol. Cometí la locura, a finales de los noventa, de ir a Porsche. Donde el traficante de coca Jesús, murió jugando en las máquinas tragaperras, con un whisky y un plato con rayas de coca. Lo encontró su hermano. Se trabajaba fuerte, de ocho de la tarde a la seis de la mañana, de ahí a los boquetes, al alcohol y la coca. A las tres de la mañana llegaban los camellos importantes, policías corruptos y secretarios de juzgado corruptos. Una mina a punto de explotar. Empecé a trapichear en plan fuerte. Durante nueve años me hice cargo de un grupo de personas, para las que compraba una cantidad, la purificaba y la distribuía entre ellos. Tenía un socio y dos oficinas, una de recepción de los productos y otra en la que los manejaba. Fui un buen organizador del negocio, vivía bien, iba a los mejores restaurantes y había mucho dinero.
Iba por la calle con un teléfono y me dicen: “Pepe, te están siguiendo”. Llevaba medio gramillo, para tomar yo e invitar a un amigo. En la calle Ortiz de Molinillo, frente a la pastelería Cantero, uno me dice: “Saca lo que tienes en el bolsillo”. Más arriba habían trincado a mi socio. En el piso me encontraron medio kilo de chocolate, 180 gramos de coca y 60 de pasta.
–Hay mas gente ligada a esto, nueve fijo, y once posibles, me dijo el policía, y dio los nombres de los tres policías, los dos del juzgado, y de los médicos.
–Esos son clientes, a los que les gusta eso y yo se las consigo. ¡Qué hay calidad! Mire si hay calidad o no, le dije muy tranquilo.
A mi socio le encontraron 30.000 euros. A mi nada. En la cárcel encontré a Francisco, el camello que surtía a la jet. Cuando salió montó una empresa de jardinería. Ganamos el juicio y quedé sin antecedentes penales. En los años malos de la droga mi exmujer ha estado conmigo, venia a verme a la cárcel todas las semanas. Yo tenia un coche que no conduje nunca. Un Mercedes, que se lo cambié al servicio diplomático de Alemania por materia prima. Tenía dos chóferes, al que llevaba a mi pareja cada semana a Málaga, le regalé el coche.
Llevaba dos años sin probar cocaína porque esperaba el juicio y tenía que llevar el papel de estar limpio. Había sido un tío muy elegante, viviendo en los mejores sitios, porque tenía dinero. Y me encontraba sentado en un banco con una lata de cerveza en la mano. Me vi como la gente que está tirada en la calle. Fui a Arama (Alcoholicos Rehabilitados Marbella). Llevo diez años como monitor de esta asociación. Todos los días le doy los buenos días y las buenas noches a catorce personas de Marbella que viven solas. La más joven tiene sesenta años.
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