Alberto Conejero | Poeta, dramaturgo y director de escena “El pasado no es un animal disecado: nos corresponde cuidarlo y protegerlo”

  • El autor de obras como ‘Todas las noches de un día’ y ‘La geometría del trigo’ acaba de publicar su segundo libro de poemas, ‘En esta casa’, en la editorial malagueña Letraversal

Alberto Conejero (Jaén, 1978), en una imagen reciente. Alberto Conejero (Jaén, 1978), en una imagen reciente.

Alberto Conejero (Jaén, 1978), en una imagen reciente. / Concha Barrigós / Efe

Después de Si descubres un incendio (2016), Alberto Conejero (Jaén, 1978), dramaturgo y director fundamental de la escena española contemporánea, autor de obras como La piedra oscura, Todas las noches de un día y La geometría del trigo y recientemente nombrado director del Festival de Otoño de Madrid, acaba de publicar su segundo poemario, En esta casa, en Letraversal, el sello fundado en Málaga por Ángelo Néstore. Tras una estancia en México, donde estrenará su nueva obra, Paloma Negra, Conejero presentará su libro en los fórum Fnac de Marbella (24 de marzo) y Málaga (25 de marzo), entre otras plazas.

-Contaba Ángelo Néstore que decidió fundar Letraversal porque usted buscaba editorial para En esta casa. ¿Cómo se dio, exactamente, esta confluencia?

-Todo nació con un encuentro maravilloso. Ángelo y yo coincidimos el año pasado en la Feria del Libro de Madrid, pero fue Pilar Eusamio, de la librería Los Editores, la que insistió en que teníamos que conocernos. Así que nos llevó a su librería, yo leí algunos poemas del libro y le conté a Ángelo que estaba buscando editorial. Y entonces él me dijo que dejara de buscar, que la había encontrado ya. Y puso en marcha Letraversal.

-¿Hay mucha distancia entre En esta casa y Si descubres un incendio, o los siente vinculados, como parte de la misma obra?

-Aunque había escrito poesía antes, quería que Si descubres un incendio fuese mi primer poemario publicado. Y lo hice todo con muchísimo respeto, consciente un tanto de mi papel de dramaturgo que se mete a escribir poesía. La escritura de En esta casa, sin embargo, fue mucho más libre.

-¿Y esa libertad ha jugado siempre a su favor?

-Sí. De entrada, la casa a la que se refiere el libro está relacionada con una casa física, una casa que compré en Girona, en el campo. Cuando te instalas en una casa nueva siempre empiezas de cero, de alguna forma, y en este caso las impresiones que me asaltaron empezaron a cobrar forma poética. El libro tiene en este sentido una estructura bien definida: una primera parte en torno a la casa común, la familia y el país que habitamos; la segunda, con el protagonismo de los bosques, tiene que ver con la puesta en crisis del lenguaje y del conocimiento previo a cierta edad, con una idea de madurez; la tercera parte entraña ya la casa en sí, la que uno escoge: el amor y el deseo.

-En el poema Salmos del padre, escribe: “Mira cómo resplandece, padre, todo que lo no fuimos”. Y ésta me parece una idea central del libro, el reconocimiento de todo lo que se perdió o no llegó a ser para de alguna forma reparar lo que sí se es. ¿Está de acuerdo?

-Esa idea tiene que ver con lo que dice un personaje de La geometría del trigo: “El vínculo no desaparece, estamos a tiempo de protegerlo”. Es la expresión de la certeza de que el pasado no es un animal disecado, sino un organismo vivo al que nos corresponde cuidar y proteger para evitar que se revuelva contra nosotros. Somos nuestros muertos y lo que hacemos con ellos. Fíjate, mi teatro está lleno de huérfanos: en casi todas mis obras hay personajes que han perdido a sus padres. Y supongo que esto obedece a mi intención de afirmar que a veces no es más bello ni más necesario lo que está. Que lo que desapareció, o lo que no fuimos, puede ser igual de hermoso e inspirador. Por eso en En esta casa he querido realizar un cierto ejercicio de empatía con los antecedentes familiares que me quedan más lejos, con los que he tenido menos relación. Me refiero a una empatía catastrófica, una compasión amenazante. Algo que Juan Mayorga asegura haber encontrado en el teatro y que yo también, o eso espero, he encontrado en la poesía. Esos familiares distantes eran gentes del campo que no sé qué pensarían de un bisnieto inclinado a escribir estas cosas. Quería mostrar cierta empatía hacia ellos, sí. Pero inevitablemente catastrófica.

"Nos enfrentamos a un sistema literario que te obliga a escoger: o eres poeta, o eres autor dramático”

-El lector encontrará también varias alusiones al pasado reciente de España. ¿Tal vez, hablando de catástrofes, una visión general de España, como sistema político, destila desastre y odio mientras que una aproximación del zoom, una mirada más concreta a los individuos, invita a la esperanza?

-Así es. Afirmaba Gil de Biedma que la historia de España es la más triste porque siempre acaba mal. Y Cernuda sostenía que a los españoles nos gusta escupir sobre lo más valioso. Sin embargo, una postura más unamuniana nos llevaría a considerar ciertas intrahistorias donde cabe matizar esto. En estos tiempos en los que vivimos una especie de reconsideración de las identidades españolas uno no puede escapar de estas cuestiones, pero mis conclusiones reparan siempre en los esfuerzos de la gente sencilla, en la gente que trabaja en el campo y en los suburbios. Ahí está lo mejor que podemos encontrar. Vuelvo a la idea de la importancia lo que no fuimos: con el próximo estreno de Paloma Negra en México, he vuelto a leer con mucho detenimiento a autores del exilio como Max Aub y María Zambrano, a lo que algunos llamaron la tercera España. Y es evidente que aquella no fue la tercera España, sino, sencillamente, España. Y como tal debe ser considerada.

-Señala usted a Cernuda a Gil de Biedma, y lo cierto es que sus influencias laten de manera especial en En esta casa. ¿Admitiría también la influencia de Luis Rosales y La casa encendida?

-Sí, desde luego. Todas las casas generan vecindarios, y la mía tiene el suyo. La apreciación que haces de Rosales es muy interesante porque, junto a otros autores como Bousoño y Aleixandre, vivió un exilio distinto, interior, pero que responde a la misma esencia del exilio geográfico. Estos tres autores abrieron casas llenas de luz en momentos particularmente oscuros. Piensa en Vicente Aleixandre y Velintonia, por ejemplo, en todo lo que representó en años muy difíciles. Luis Rosales dice en sus memorias algo conmovedor que define muy bien este tipo de exilio: “No me he equivocado en nada, salvo en lo que más quería”.

-Su libro cita a San Juan de la Cruz, y es en los poemas de amor, los que reconocen y celebran el cuerpo del amado, donde más se le acerca. ¿Es usted, con perdón, un autor místico?

-Uno de esos poemas, que lleva por título precisamente Nada te alcance, pretende ser un diálogo con Santa Teresa de Jesús. Aunque soy ateo, me interesa mucho la religión y de hecho la he estudiado a fondo. Pero, independientemente de esto, tengo claro que el amor es una de las pocas formas de trascendencia que nos quedan. Todo lo demás está cada vez más ligado a la eficiencia y la productividad, pero en el amor podemos aspirar a otra cosa. Tal y como escribe Joan Margarit, el amor es un lugar. El amor es una casa, no es sólo un cuerpo matérico. Es un espacio que habitamos y en el que nos sentimos redimidos. Algo que, por cierto, está también muy presente en mis obras de teatro.

-¿Son la poesía y la escritura dramática dos oficios distintos o dos manifestaciones del mismo?

-Cuando publiqué Si descubres un incendio tenía ya treinta y muchos años, y algunos me hicieron sentir como una especie de poeta invitado. En la tradición literaria española, los poetas siempre han escrito para el teatro; pero ahora vivimos sometidos a una industria que recela de todo lo que intente salirse del realismo. Nos enfrentamos a un sistema literario que te obliga a escoger: o eres poeta, o eres autor dramático. No puedes ser las dos cosas. Y por eso tenemos a una escritora como Angélica Liddell, que es conocida por su teatro pero que es autora de una poesía asombrosa que, lamentablemente, a menudo queda en la sombra. Para mí, la poesía constituye la escala de lo real. Es un gesto de resistencia. Y debe volver al teatro. Entiendo que en ciertos años en los que se respiraba un exceso de logos algunos empujaran para situar el cuerpo en el centro de la escena, pero va siendo hora de reivindicar el lenguaje en esa misma posición. La reivindicación de la poesía en el teatro es un acto político.

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