Bienal de Arte Flamenco de Málaga Tradición en clave futura

  • El estreno absoluto de ‘Diálogo con Navegante’ con Triana Ramos y el homenaje a Fosforito abrieron en el Cervantes la Bienal de Arte Flamenco

La bailaora Triana Ramos, este miércoles, durante la representación de ‘Diálogo con Navegante’ en el Teatro Cervantes. La bailaora Triana Ramos, este miércoles, durante la representación de ‘Diálogo con Navegante’ en el Teatro Cervantes.

La bailaora Triana Ramos, este miércoles, durante la representación de ‘Diálogo con Navegante’ en el Teatro Cervantes. / Javier Albiñana (Málaga)

Alguien dijo en voz baja en el Teatro Cervantes que, de no haber existido un fenómeno como Camarón de la Isla, Fosforito sería admirado hoy como un profundo renovador del flamenco en todo el mundo, más allá incluso del propio flamenco. Y seguramente no le faltaba razón, pero al ver este miércoles a Antonio Fernández Díaz nadie habría dicho que echaba de menos más reconocimientos de los que ya atesora. Su posición no sólo como renovador, sino vertebrador, arquitecto y conductor del género desde que triunfara en aquel Concurso Nacional de Cante Jondo de 1956, a sus 23 años, está fuera de toda duda, pero Fosforito, cual aprendiz innato, sigue poniendo el amor a su oficio por delante de todas las cosas, halagos incluidos. Por eso derrochó muestras de su bonhomía andaluza y se mostró enormemente agradecido cuando, en el mismo escenario en el que recogió la Llave de Oro del Cante en 2005, recibió el homenaje, trofeo incluido, de la Bienal de Arte Flamenco de Málaga en la gala de apertura de su nueva edición, de la mano del presidente de la Diputación provincial, Francisco Salado, y del alcalde de Málaga, Francisco de la Torre. Si en las últimas convocatorias la Bienal había acusado hechuras de capa caída, de mero contenedor de actividades sin demasiado orden y con menos criterio, cabía interpretar semejante puesta de largo como toda una declaración de intenciones respecto a lo que cabe esperar a partir de ahora. Que Fosforito figurase como aliado de la causa resulta, en todo caso, una maniobra de proyección incontestable.

Pero la gala dio para mucho más. Bajo el lema La voz del flamenco, Pablo Franco pronunció una conferencia inaugural que trascendió con mucho la técnica para abordar el diálogo que el flamenco establece hoy día, de manera abierta y libre, con otras muchas expresiones musicales, artísticas, y culturales. Y reivindicó precisamente a las peñas como crisoles en los que esta confluencia se manera de da más natural. Precisamente, el tono general de la gala fue el de la reivindicación del flamenco como tradición y, a la vez, su proyección como disciplina capaz de significar, influir y recoger fruto en el presente y en el futuro: justo el argumento al que Fosforito ha consagrado su trayectoria como cantaor y divulgador incansable del flamenco.

Fosforito recibe su premio de manos de Salado y De la Torre. Fosforito recibe su premio de manos de Salado y De la Torre.

Fosforito recibe su premio de manos de Salado y De la Torre. / Javier Albiñana (Málaga)

Pero si de diálogo se trataba, esta Bienal de Arte Flamenco de Málaga decidió dar su primer paso con la tauromaquia de la mano. Bien reveladora resultó en este sentido la presencia entre los invitados de diestros como Salvador Vega, Jiménez Fortes y Joselito, aunque el duelo definitivo llegó, tras los premios y las ponencias, con el estreno absoluto del espectáculo Diálogo con Navegante. La imagen de una pasión, creado expresamente para la Bienal. En torno a la obra se dieron no pocas y felices coincidencias: el público tuvo la oportunidad de disfrutar el primer trabajo como coreógrafo y director escénico de Rubén Olmo tras su reciente nombramiento como director del Ballet Nacional de España, así como de contrastar bajo los focos el depurado equilibro entre talentos jóvenes y veteranos. El montaje, inspirado en la terrible cogida sufrida por José Tomás en la plaza mexicana de Aguascalientes, es de hecho una afirmación de la tradición desde un margen de creación e inspiración plenamente contemporáneo, con una puesta en escena resuelta a base de contrastes y de poderosos matices que dejó al respetable clavado en sus butacas. Igual que el volcán de técnica y coraje de que hizo gala la bailaora Triana Ramos, soberbia, maestra ya a pesar de su juventud, arropada por la experiencia de Antonio Canales y el proverbial toque de Rafael Riqueni. Hubo magia, noche, día, sangre y fiesta. Y la afirmación del flamenco como signo de una identidad viva.

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