Crítica de Teatro | Resistencia y sumisión En la consistencia de la luz

Alejandro Morales, en 'Resistencia y sumisión', representada en el Teatro Echegaray. Alejandro Morales, en 'Resistencia y sumisión', representada en el Teatro Echegaray.

Alejandro Morales, en 'Resistencia y sumisión', representada en el Teatro Echegaray. / Daniel Pérez / Teatro Echegaray

Ante la representación de Resistencia y sumisión, estrenada el pasado día 8 en el Teatro Echegaray y todavía en cartel, recordé el debate sostenido por la física en el último siglo sobre la naturaleza de la luz: si el fotón es más cercano en su consistencia a la materia que a la onda, no es descabellado concluir que todo lo que observamos y cuanto se refleja en nosotros, lo mismo colores que sombras, nos toca (algo escribió al respecto, en una proverbial anticipación, José Val del Omar). Viene esta fantasía a cuento porque todo en Resistencia y sumisión se articula en torno a esta idea: el tacto, el abrazo, la calidad corpórea de la luz. El bellísimo monólogo que Alejandro Simón Partal pone en boca de Dietrich Bonhoeffer, el teólogo alemán condenado a muerte por los nazis tras acusarlo de intentar atentar contra Hitler, encerrado en la celda y en sus últimas horas, encuentra un correlato perfecto en una puesta en escena que hace de la iluminación más que protagonista, argumento. Así, este empeño del personaje en aferrarse a la vida cuando todo a su alrededor se desmorona, sostenido en un amor evocado que le proporciona el consuelo preciso en la soledad más ciega, difícilmente podría haber contado con una solución teatral más acertada. La eucaristía del dolor con la luz, concretada de hecho en el tacto, a veces en composiciones ciertamente asombrosas respecto a la traducción del duelo emocional, no sólo entraña una lección de dirección escénica a cargo de Sigfrid Monleón: también ofrece una puerta abierta a la feliz consecución de un teatro poético consciente, al fin, de sí mismo.

Pero esta comunión no tendría lugar sin la interpretación de Alejandro Morales, esmerada y equilibrada en cada gesto, cada paso, cada transición, todo medido al milímetro y sin embargo en plena transpiración de libertad. El modo en que Bonhoeffer convoca a través del actor al amado, en cuerpo humano y espíritu divino, se resuelve en una verdad a veces dura e incómoda, otras cercana y reconfortante, como la propia existencia. He aquí un teatro que muere, al fin, para ser luz.

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