'Entre bobos anda el juego' | Crítica El figurón va de camino a Cavañas

José Ramón Iglesias y José Vicente Ramos, en 'Entre bobos anda el juego'. José Ramón Iglesias y José Vicente Ramos, en 'Entre bobos anda el juego'.

José Ramón Iglesias y José Vicente Ramos, en 'Entre bobos anda el juego'. / M. H.

Anda: resulta que para encontrar un teatro que ridiculice a los poderosos y a quienes presumen de serlo, que ponga en su sitio a los cantamañanas de turno que utilizan a todo el mundo a su antojo y que, de paso, brinde al público la mejor comedia, hay que irse a Rojas Zorrilla y al Siglo de Oro. Eduardo Vasco rescata con toda oportunidad su comedia de Don Lucas del Cigarral y, si bien añade argumentos más que notables a la reivindicación de la que parece ser objeto Rojas Zorrilla, ofrece un espectáculo armado con fidelidad en la misma estética del Barroco y en el que continuamente se tienen ganas de cantar, bailar y jugar. Entre bobos anda el juego empieza de hecho en plena mojiganga, guitarra en mano y con las cartas boca arriba: lo que sucede a partir de aquí es una comedia arrebatada, gamberra, travestida, atrevida, peleona, que dice ser en un instante lo que ha negado ser el anterior. Lo mejor, eso sí, es advertir cómo semejante desmadre obedece a una dirección escénica milimétrica y crecida en el detalle: la diversión, abundante, no es aquí casualidad gratuita sino que obedece al trabajo bien hecho y a la dosificación perfecta y eficaz de los estímulos.

La comedia de figurón adquiere así matices políticos: Entre bobos anda el juego es una obra feminista que se mofa de unas convenciones sostenidas en la compraventa de personas y afectos. La aplicación de semejantes presupuestos al siglo XXI entrañaría una bomba, pero mientras aquí los pérfidos se llevan los suyo el público se lo pasa en grande. Nada de esto tendría sentido, claro, sin este reparto en estado de gracia, con un José Ramón Iglesias desatado y un Arturo Querejeta maestro en la dicción y el sentido, sólo por citar dos nombres. Salir canturreando aquello de Vamos de camino a Cavañas no tiene precio. Benditos sean.

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