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Eusebio Calonge | Dramaturgo “El mundo del ocio nos lleva al comercio o al Estado, y tan malo es lo uno como lo otro”

  • El autor de las obras de La Zaranda firma ‘El desguace de las musas’, una aproximación al alma de la escena con la que la compañía regresa este miércoles al Cervantes dentro del Festival de Teatro

Eusebio Calonge (Jerez de la Frontera, 1968). Eusebio Calonge (Jerez de la Frontera, 1968).

Eusebio Calonge (Jerez de la Frontera, 1968). / Andrés Uribe Naranjo

La aventura artística que hace de La Zaranda un caso aparte en el teatro español desde hace cuarenta años tiene una de sus primeras razones en Eusebio Calonge (Jerez de la Frontera, 1963), autor de títulos como Homenaje a los malditos, Los que ríen los últimos, El régimen del pienso, Ahora todo es noche y demás obras de la compañía, que completan Paco de la Zaranda, Enrique Bustos y Gaspar Campuzano. El Teatro Cervantes recibe este miércoles a las 20:00 a La Zaranda, dentro del Festival de Teatro, con El desguace de las musas, de cuyo reparto forman también parte Inma Barrionuevo, Mari Ángeles Pérez-Muñoz y Gabino Diego.

-Su anterior obra, Ahora todo es noche, terminaba con la coronación de La Zaranda, entre la tragedia y la parodia. ¿El desguace de las musas es cosa de reyes?

-Aquella coronación significó la primera vez que se pronunció el nombre de La Zaranda en escena. Era una forma de advertir que seguíamos vivos, a pesar de todo, después de cuarenta años tan inciertos. La refutación que señalaba que no habíamos ido tan equivocados. En realidad, todo lo que ha hecho La Zaranda ha sido siempre la misma obra, en el sentido de que hemos empleado siempre el mismo lenguaje. Y, como todo lenguaje vivo, el nuestro evoluciona excavando en sí mismo. Ahora ya no necesitamos la refutación, sino un espacio para la crítica que nos ayude a huir de lo solemne para reírnos un poco. Parece que el teatro ha renunciado a la crítica y a la autocrítica favor de una cierta idea de teatro político, o tendenciosamente político, pero eso no es la crítica. La crítica forma parte del teatro desde sus orígenes: muchos insisten en que el teatro debe asumir una apariencia realista, porque confunden lo político con la actualidad; pero lo cierto es que lo que debe hacer el teatro es buscar su espacio propio a través de la belleza. Tal vez nosotros mostramos ahora las cicatrices desde otra luz, desde otro punto de vista, pero los mendigos de La Zaranda siguen buscando su sueño.

-¿Esa otra luz es la evidencia de que la comedia y la tragedia son muy parecidas, tal vez iguales?

-Las dos forman parte de lo humano. Las distinciones se hacen fundamentalmente desde lo literario, desde El nacimiento de la tragedia y todo eso. Pero esa escisión es ya tardía. Aristóteles indicaba que el teatro tiene que ver con la acción de lo narrativo, no con lo narrativo en sí. Y en la acción teatral, al contrario que en la literatura, van a salir siempre las dos máscaras, como en la vida misma. Porque en la vida, lo trágico y lo cómico van siempre de la mano. Y lo que subimos al escenario no es otra cosa que la vida que tenemos.

-¿El texto dramático concebido como literario puede significar por tanto un obstáculo?

-Heiner Müller decía que escribir es luchar contra el texto que va naciendo. En el teatro hay que dar algo que no sea literatura. Por eso, lo que más me cuesta es ofrecer mis textos a los actores por primera vez, porque lo que yo quiero es que el texto salga por sus poros y ese camino todavía debe hacerse. El autor debe evitar cualquier intervención literaria entre el actor y el espectador igual que el actor debe renunciar a la retórica a la hora de utilizar su cuerpo: lo importante es que sea el personaje lo que aflore, no el actor ni el autor. Si un texto carece de acciones, el actor reproduce un discurso que le es dado para mostrar su propio talento o el del autor, pero ahí no hay personaje ni, por tanto, teatro.

"Quienes insisten en dar al teatro una apariencia realista confunden lo político con la actualidad"

-¿No cree entonces en eso que llaman teatro sin personajes?

-No. Con todos mis respetos, un teatro sin personajes puede ser otra cosa, pero no teatro. Igual que una cosa es la pintura y otra las artes visuales. Un trabajo escénico sin personajes puede estar muy bien, no lo dudo, pero no podremos llamarlo teatro.

-En El desguace de las musas vuelven a contar con más actores además de los tres habituales de La Zaranda. ¿Hay algún tipo de iniciación, de entrenamiento, para quienes se incorporan?

-Cuando trabajamos Paco, Enrique, Gaspar y yo, se dan divergencias habituales que se ponen siempre en común. Pues bien, cuando llegan otros actores, el proceso es exactamente el mismo: ponemos en común las divergencias, y ya está. No hay que iniciarse en nada, ni adentrarse en nada, ni adoptar un cierto lenguaje, ni creer en La Zaranda. Lo único que hay que hacer es jugar. Para Nietzsche, el juego era el asunto más serio. Así que quien entra en el espacio de La Zaranda sólo tiene que ser consciente de que va a jugar con otros actores. Sin más misterios. En El desguace de las musas jugamos a ser actores de cabaret o de varietés en un teatro que está en las últimas. A partir de ahí, vamos sugiriendo claves: ¿Qué hacemos si sale una rata, o si se atasca el váter? Y jugamos. El juego es lo que más me interesa como espectador. Cuando voy a ver una obra, si hay un minuto de juego, uno solo, entonces me siento reconfortado.

-¿Y cómo lo hacen para que el espectador juegue con ustedes?

-El punto de vista del espectador es determinante. Pero en el público hay muchos espectadores y, por tanto, muchos puntos de vista. En esa energía es donde trabaja el actor. Yo estoy cada vez más convencido de que lo se da cuando confluyen esas dos energías, la del actor y la del público, es una trascendencia. Una elevación. Para Jean Genet, no hay mayor aspiración para el teatro que la elevación. Gracias a esa trascendencia, que va más allá del actor y del espectador, el teatro deja de ser un fenómeno óptico y prende en la memoria. Pero, sin esa trascendencia, lo único que tenemos es ocio. Por eso el teatro es un arte tan difícil: para llegar a trascender hay que tener fe, asumir un compromiso que luego uno va manteniendo vivo a base de esfuerzo, estudio y dedicación. Confieso que cada vez voy menos al teatro porque cada vez me cuesta más trascender. Pero, cuando lo consigo, siento que esa trascendencia va del corazón a la cabeza. En el teatro se trasciende como en la misa, como si se tendiera un puente entre dos liturgias. Ése es el verdadero sentido del público. Nosotros nos referimos al público como al pueblo. No es alguien que pasa por taquilla y luego se sienta a que lo entretengan un rato. Pero volvemos, claro, a la cuestión de los puntos de vista.

"Vamos en busca del hombre que se sabe solo. Buscamos cómplices para transformar el mundo"

-¿Sería posible trascender si el teatro se convirtiera en un fenómeno cultural de masas, si abandonara su marginalidad?

-Decía Gabriel Marcel: “No somos capitalistas de almas”. Yo siento que mi trabajo es útil porque puede ser de ayuda a una persona que lo necesite, que se sienta sola. A una sola. Pero intento no pertenecer al mundo de la cultura, porque ahí todo es mentira. Lo que nos lleva a seguir adelante en La Zaranda es nuestro voto de pobreza. Nos dirigimos a esa periferia llamada arte, con mucha fe, aunque sabemos bien que podemos seguir contando con una inmensa minoría. No nos interesa el ocio. El mundo del ocio nos lleva al comercio o al Estado, y tan malo puede ser lo uno como lo otro. Pero aspiramos a ampliar el círculo, no para influir más, sino para transformar el mundo. La vida no puede transformarse: es como es, con su dolor y su alegría, y eso no podemos transformarlo. Pero el teatro sí puede ayudarnos a convertir el mundo en un lugar mejor, donde la gente no esté sola. Por eso vamos en busca del hombre que se sabe solo. Buscamos cómplices para transformar el mundo en un lugar más habitable.

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