Crítica de Gogo Penguin en el Festival de Jazz Eso no es jazz, joven

Concierto de Gogo Penguin en el Teatro Cervantes Concierto de Gogo Penguin en el Teatro Cervantes

Concierto de Gogo Penguin en el Teatro Cervantes / Daniel Pérez / Teatro Cervantes

Subieron los tres de GoGo Penguin al escenario como si de tres programadores informáticos que nunca hubieran roto un plato en su vida se tratase y de inmediato empezaron a pasar cosas. El concierto se desarrolló en su primer tercio de manera fiel según el guion dictado por el último y reciente disco del grupo, A Humdrum Star, con la hipnótica Prayer para abrir boca, y las reglas del juego quedaron expuestas para que nadie se llevara engaño. Si en ciertas introducciones en clave de arpeggio al piano de Chris Illingworth parecía que iba a salir a cantar Chris Martin de un momento a otro (menos mal que no lo hizo), lo que el trío demostró, ante todo, fue una valentía preclara a la hora de abordar la cuestión de la fusión contemporánea. A veces, el groove sostenido por un Rob Turner apoteósico evocaba en su extensión pluricelular el auténtico sonido Manchester (de donde por cierto procede el grupo: he aquí una forma musical de contar la historia del universo a través de la historia de tu aldea), como si a Bernard Sumner le hubieran cambiado la medicación. Otras, un servidor se acordó de Mark Hollis: si aquel genio hubiese mantenido con vida a Talk Talk después de Laughing Stock, a lo mejor hoy el invento se parecería a esto. ¿Y qué tiene que ver este rollo con el jazz? Pues todo y nada a la vez.

Porque el verdadero asombro que produce la música de GoGo Penguin, y más aún su ejecución en directo (con su prodigiosa producción de sonido a partir de mimbres engañosamente acústicos), sostenida en esquemas armónicos sencillos, abiertos, luminosos y épicos a la manera del rock hecho para los grandes estadios, es la imaginación desbordante que entraña la traducción de estos lenguajes a una estética, sí, plenamente jazzística. Lo mismo que la actitud, por cierto. El quid se halla en unos patrones rítmicos de composición esmerada y de complejidad a veces abusiva pero de apariencia cristalina, que convierten cada acorde en un cosmos donde acontecen mil historias. Hubo luego paradas en Man Made Object y en el celebrado v2.0 por los que Brian Eno debía haber muerto de envidia en su momento. La maravilla es que podamos hablar de jazz en estos términos. Aunque no lo sea en absoluto. O sí, tanto, desde luego, con armónicos en el bajo para parar un tren. Colores en una paleta viva.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios