Crítica de John Scofield en el Festival de Jazz

Estética de la pulcritud

John Scofield y Gerald Clayton, en el Teatro Cervantes. John Scofield y Gerald Clayton, en el Teatro Cervantes.

John Scofield y Gerald Clayton, en el Teatro Cervantes. / Daniel Pérez / Teatro Cervantes (Málaga)

Uno va ya a ver a John Scofield con todas las garantías traídas de casa. Por más que sea posible aventurar de antemano por dónde van a ir los tiros con notable éxito, lo previsible es en el caso de este hombre promesa firme de satisfacción. Su actuación en el Festival de Jazz de Málaga se ajustó con firmeza a esta premisa, con un concierto redondo, generoso, bien discurrido y mejor ejecutado, pero sobre todo limpio. Porque de eso se trata: tanto a la hora de hacer sonar su guitarra como de articular sus composiciones, John Scofield es un fiel acólito de la estética de la pulcritud. Nada sobra ni falta, todo está perfectamente servido, brindado y digerido, con un medida perfecta de los ingredientes que no resta magia ni espontaneidad al ejercicio del jazz. A veces, con tanta limpieza, uno tiene la sensación al escucharle en directo de que sigue una dieta libre de grasas superfluas hasta el último gramo, como si en una cena disfrutaras una sabrosa parrillada de verduras pero no dejaras de preguntarte cuándo van a traer el filete. Y sí, el filete siempre termina llegando. En el Teatro Cervantes hubo un festín de los grandes, de hecho, aunque el mejor plato requiriera un pelín de paciencia, especialmente desde que el groove de Bill Stewart aportó con la batería la salsa perfecta. Fue una magnífica velada, con tanto talento como higiene. Y no, lo uno no está reñido con lo otro.

Compareció Scofield bajo el lema de su último disco, el felicísimo Combo 66, un compendio de cinco temas resuelto a base de clasicismo feroz y de producción con regusto contemporáneo, pero en todo caso acorde tanto con los tiempos como con la abrumadora trayectoria del guitarrista. Completaban al cuarteto el citado Bill Stewart, Vicente Archer al contrabajo y el organista y pianista Gerald Clayton, responsable de algunos de los mejores momentos de la noche gracias a su pericia con el Hammond, que dibujó paisajes siempre eficaces y agradecidos. Abrió fuego el maestro de ceremonias con Can´t dance y después fue desgranando su último trabajo, a lo largo y ancho de A Go Go y Just don't want to be lonely, servidos en su temperatura justa, sin trucos en la manga y con aroma a distinción que casi todo el mundo que casi llenaba el Cervantes fue a buscar. En su singular adscripción a la fusión, preciso hasta lo quirúrgico en las directrices del blues para arrimarse desde aquí al cool y al bebop con igual disciplina, John Scofield sigue siendo ese guitarrista enorme capaz de poner el virtuosismo al servicio de la emoción, lo que tanto (aún) conviene agradecerle. Y qué gozada disfrutar, de nuevo, de su imaginación a la hora de llevar los cauces melódicos a aquellos cauces no por (re)conocidos menos amables, con todos los recursos sobre la mesa a la hora de apurar las posibilidades de su instrumento (incluida su fabulosa facilidad para la creación de armónicos) sin que, insisto, sobre ninguno. Conforme avanzó el asunto se fue poniendo Scofield más eléctrico, más guasón, más tropical y más libre. Y regaló al domingo de otoño el hechizo necesario para no pensar en el lunes.    

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