Crítica de Teatro | Mitad del mundo

Apenas un juego de palabras

Representación de ‘Mitad del mundo’, la obra de Pablo Díaz Morilla que dirige Fran Perea, en el Echegaray. Representación de ‘Mitad del mundo’, la obra de Pablo Díaz Morilla que dirige Fran Perea, en el Echegaray.

Representación de ‘Mitad del mundo’, la obra de Pablo Díaz Morilla que dirige Fran Perea, en el Echegaray. / Javier Albiñana (Málaga)

Pongamos en un peso de la balanza la épica como mecanismo para explicar la Historia, con Brecht como emblema fundamental; y ahora pongamos en el otro peso de la misma balanza la posibilidad de representar cómo se escribe, o mejor cómo se nombra, la misma Historia: es aquí donde encuentra su sitio Mitad del mundo. En la evolución del teatro desde su origen, la escena es el espacio donde con más soltura y eficacia han dialogado la Historia y la historia, el acervo común y la narración particular, así desde Esquilo al mismo Brecht pasando por Shakespeare. Sin embargo, seguramente por su naturaleza fugaz y su tendencia a consumirse en el mismo ámbito de la representación, el teatro ha mostrado una singular resistencia a servir de plataforma para la Historia como historia, del acervo como relato. Para cuando corresponde tener en cuenta el contexto en que una obra ha sido escrita o está ambientada, la pequeña historia, la que vincula a los personajes que acontecen en escena, ya se ha comido todo el terreno. Todo esto, claro, responde a la evidencia que cristaliza en los límites de la escena: ¿Sería el teatro otra cosa si pudiéramos meter a Elias Canetti, a René Girard y a cualquiera que pudiera contarnos la Historia como historia en sus costuras? Tal vez. Pero, precisamente, que Mitad del mundo sea una obra importante (que lo es) se debe al órdago que presenta no respecto a la Historia, sino a la manera en que la misma queda definida, e inmortalizada, a través de un instrumento tan vulnerable, imprevisible e incompleto como el lenguaje humano. En su desarrollo, la pieza de Pablo Díaz Morilla es un combate dialéctico armado como un juego de palabras en el que gana quien tiene la última. Y aquí la semántica, en una afortunada traición a Brecht, va directa a las emociones.

He aquí una obra que rompe límites para abordar la Historia a través de la historia

La historia es bien conocida: en 1987, el actor estadounidense Christopher Reeve, famoso por su interpretación de Superman en el cine, viajó a Santiago de Chile para intentar mediar ante el régimen de Pinochet ante 77 actores del país que habían sido amenazados con el exilio. A partir de aquí, Díaz Morilla construye un encuentro que nunca tuvo lugar: el que comparten en escena Reeve y Pinochet a cuenta de la seguridad de los amenazados. La licencia permite al autor hilar un juego metateatral de largo alcance gracias a la acertada identificación de ficción y sueño; pero, con aún mayor fortuna, le sirve en bandeja la posibilidad de tocar los resortes más finos de la Historia a través de una historia que reivindica, y de qué manera, el poder del teatro a la hora de contarnos. Mitad del mundo construye al dictador a partir de sus incapacidades humanas (una estragia muy del gusto de Díaz Morilla, como pudimos ver en Souvenir y Piedras preciosas), en una deformidad grotesca para hablar sobre la Historia. Justamente, y como pretendía Brecht por otros medios, sobre el espectador que se sienta durante hora y media a ver un espectáculo conmovedor.

Todo este juego encuentra el subrayado más preciso, el matiz más apropiado y la concreción más sabia en una dirección a cargo de Fran Perea magistral, acertado a la hora de hacer confluir los distintos planos narrativos y musicales y de llevar al juego a soluciones escénicas pequeñas pero de resolución espectacular. El reparto, con un esmeradísimo y veraz Javier Márquez, un gigantesco Miguel Guardiola y una proverbial Ana Loig que sostiene el tablero más de lo que parece, brilla tocado por la gracia. Ganamos todos.

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