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'Mrs.Dalloway' | Crítica

Soledades sobre un paisaje pop

Blanca Portillo, en 'Mrs. Dalloway'. Blanca Portillo, en 'Mrs. Dalloway'.

Blanca Portillo, en 'Mrs. Dalloway'. / Sergio Parra

En el eterno debate sobre las confluencias entre literatura y teatro, Carme Portaceli demuestra en esta Mrs. Dalloway que sí es posible llevar a la escena de manera satisfactoria no ya una obra literaria cualquiera, sino una que se precia de serlo con la hondura, la valentía y la extraña singularidad de La señora Dalloway de Virginia Woolf. La versión que firma Portaceli junto a Michael De Cock y Anna Maria Ricart distingue perfectamente entre fidelidad y literalidad: se aferra como a un clavo ardiendo a lo primero para rehacer, recrear, revisar y resolver a su antojo lo segundo. El montaje vierte los cauces escritos por Woolf en una afilada polifonía de voces, con diálogos siempre bien resueltos y réplicas creíbles; no renuncia a la poética de la fuente original (más aún, la subraya y la refuerza sin complejos, especialmente en los apartes), pero afronta la textualidad desde diversos subtextos que multiplican los significados entre la desnudez y el misterio, entre lo que se exhibe y lo que se sugiere, exactamente con en la obra de Virginia Woolf. La Mrs. Dalloway vista este martes en el Teatro Cervantes, dentro del Festival de Teatro, revela que el más sabio aprovechamiento de los recursos escénicos, la claridad respecto a lo que se quiere contar y la imaginación menos acomplejada son las mejores guías para que la raíz literaria prenda en el teatro con fortuna.

Sostenido en un reparto espléndido, bien calibrado y crecido en los matices, con una conmovedora Blanca Portillo en el papel protagonista (tremenda la actriz a la hora de hacer parecer fácil lo rematadamente difícil, sin atajos y sin alardes), el espectáculo acusa, sin embargo, ciertas dificultades a la hora de convocar a los personajes. Es decir, de hacerlos visibles como construcciones verdaderamente humanas, muy a pesar de lo humano de la soledad que transpiran. El montaje se desarrolla en una tensión permanente entre las ganas de aparecer de los personajes y una tendencia a considerarlos reflejos poéticos y artísticos (muy hermosos, pero sólo reflejos) que es la que finalmente se lleva el gato al agua. Y tal vez la explicación de por qué sucede esto cuando precisamente el trabajo interpretativo es impecable se deba a una excesiva intención por parte de Portaceli a la hora de hacer de Mrs. Dalloway una muestra de teatro contemporáneo, dirigido al espectador de hoy, seguramente con el objetivo de una mayor afección. Asistimos así a un muestrario de signos bien reconocibles en la escena europea actual (la música en directo, el escenario abierto, la tonalidad pop predominante) que termina conduciendo a ciertos trucos (el baile a cámara lenta en los apartes, demasiado visto desde Miguel del Arco) realmente prescindibles. Le habría venido bien a nuestra Dalloway una mayor preocupación por la verdad y un envoltorio algo más relajado. Por más que, sí, duela y redima.

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