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'Nekrassov' | Crítica

Los rojos de antaño

Una escena de 'Nekrassov'. Una escena de 'Nekrassov'.

Una escena de 'Nekrassov'. / Teatro de la Abadía

Venía un tanto a huevo, con perdón, la recuperación de un título como Nekrassov de Jean-Paul Sartre en plena época de fake news. El autor de La náusea presentó en 1955 una parodia sobre la prensa de su tiempo, sometida a los intereses del Gobierno francés y dispuesta a colar las mentiras necesarias con tal de inspirar en los lectores el temor a una invasión comunista organizada desde la URSS. Nekrassov entrañó la única aproximación dramática de Sartre a la Guerra Fría y, del mismo modo, es considerada como la única comedia que escribió el filósofo, lo que, bueno cabe coger con alfileres (piense en la clase de espectador a la que Sartre querría hacer reír: exacto). Precisamente, el principal valor del montaje de Dan Jemmett producido por el Teatro de la Abadía y representado este miércoles en el Cervantes dentro del Festival de Teatro de Málaga es la revisión de Nekrassov como una comedia política de manual, bien orquestada y repleta de ritmo, con verdaderas filigranas a la hora de someter el texto a la lógica escénica aplicada. Jemmett opta por una estética cercana al cómic (particularmente a Hergé) para reforzar los elementos propios de la parodia, y acierta con la medida al alumbrar una teatralidad primaria, virgen, inmediata, de recepción fresca y más que agradecida. El reparto está más que a la altura, en continuo equilibrio medido al milímetro.

Quizá el mayor problema de Nekrassov tiene que ver con la evidencia de que el texto no ha envejecido precisamente bien, algo que delata de hecho el contexto contemporáneo. En la obra, los estafadores y quienes se aprovechan de la mentira resultan recompensados con tal de que el círculo vicioso del poder siga su curso; pero lo hace en un momento en que, todavía, la mentira constituye motivo de escándalo. Quizá le faltó a Sartre un pelín de arrojo a la hora de vaticinar la coyuntura en que la mentira, promovida desde el mismo poder político y recogida por la prensa, iba a solventarse con una opinión pública encogida de hombros. De modo que Nekrassov no deja de verse con cierta nostalgia. Ah, los rojos de antaño.

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