Crítica | 'Señora de rojo sobre fondo gris'

La literatura como arte dramático

José Sacristán, en el Teatro Cervantes, durante la representación de ‘Señora de rojo sobre fondo gris’. José Sacristán, en el Teatro Cervantes, durante la representación de ‘Señora de rojo sobre fondo gris’.

José Sacristán, en el Teatro Cervantes, durante la representación de ‘Señora de rojo sobre fondo gris’. / Javier Albiñana (Málaga)

Hay ocasiones en que el peor enemigo de una función es el público. En la de este martes de Señora de rojo sobre fondo gris en el Cervantes, José Sacristán se enfrentó durante casi hora y media a todo un ejército de toses, móviles, caramelos por desenvolver, cuchicheos y conversaciones abiertas que convirtieron la representación en una verdadera carrera de obstáculos. Igual sería buena idea trasladar el Festival de Teatro a la temporada veraniega con tal de ahorrarnos un porcentaje de griposos, por mínimo que sea. Pero lo cierto es que en una obra como la que nos ocupa, desarrollada sotto voce en casi todo el tramo, la respuesta del espectador es esencial por cuanto es, aunque no lo sepa, un personaje decisivo: en la novela de Miguel Delibes, el protagonista dirigía su monólogo, a modo de confesión, a su hija; en la adaptación teatral, la hija es sustituida por el público como depositario de los recuerdos del pintor que evoca la figura de su mujer fallecida y, más aún, da cuenta de lo que queda él en su ausencia. La cuestión es que pocas veces cunde la sospecha de que la falta de compromiso del respetable con el montaje que está viendo, por mucho que haya pagado su entrada, deje el aforo casi completo y se levante al final a aplaudir a rabiar, influye en el trabajo del actor, pero me da en la nariz que la de este martes fue una de estas veces. Al menos es fácil imaginar que, sin los obstáculos, habríamos asistido a una construcción más matizada, más crecida en los silencios y más conducida al filo de la lengua, y no tanto a la garganta. Pero así es el teatro: un organismo vivo al que un día le duele un juanete y otro día se queja del lumbago.

Conviene aclarar, no obstante, que la creación propia que hace José Sacristán a partir de la criatura de Miguel Delibes es conmovedora, valiente, cristalina y con sabor a tierra. Resulta gratificante el modo en que el actor dirige su calidad de gran halcón a una obra que se dice como un pajarito, resuelta casi en el hueco de una mano. Sacristán no sólo dota a nuestro pintor de una verdad sin fisuras, sino que trasluce en lo mínimo, se hace grande en lo muy pequeño. Y es en este darse sin aspavientos, sin alardes y sin oles, donde con más naturalidad descansa la mirada humanista de un Miguel Delibes que quiso hacer literatura de su propia experiencia respecto al dolor y la pérdida. Señora de rojo sobre fondo gris sale beneficiada de esta, si se quiere, falta de ambición respecto al arte dramático, pero sí le habría venido bien un poco más de teatro. La decisión por parte de José Sámano de dejar todo el peso en los hombros de Sacristán era seguramente inevitable, pero se dan en la función numerosos pasajes que habrían agradecido una cierta poética, una leve traducción escénica y no verbal, especialmente en los momentos en que la ausencia gana más peso específico. Al final, la impresión es de oportunidad perdida, de una posible creación teatral malograda; cuando el cuadro del que se habla comparece en escena, ya tarde, uno lamenta todas las presencias que habrían podido concurrir con sólo un criterio más intrépido en la iluminación y que, ay, no comparecen. Hay, en cambio, demasiada literatura, demasiados adjetivos; y aunque de San Miguel Delibes se trate, el teatro pide otra cosa. Quizá, menos respeto. Que no significa menos amor.

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