Teatro de Antonio Banderas Bajo las luces de Broadway

  • Con la cuenta atrás hasta la inauguración del Teatro del Soho, Antonio Banderas se dispone a culminar un empeño sostenido durante dos décadas contra viento y marea

Recreación de la futura fachada del Teatro del Soho, en la calle Córdoba. Recreación de la futura fachada del Teatro del Soho, en la calle Córdoba.

Recreación de la futura fachada del Teatro del Soho, en la calle Córdoba. / Málaga Hoy

Comentaba un veterano profesor de la Escuela Superior de Arte Dramático de Málaga (ESAD) que quien no viera en su momento al joven Antonio Banderas interpretando a Marco Antonio en las funciones del Julio César de Shakespeare que acogieron los viejos festivales veraniegos del Teatro Romano difícilmente puede hacerse una idea exacta de su talla como actor. Convertido en icono del cine moderno, el malagueño no ha ocultado nunca la deuda que desde entonces mantiene con el teatro; y si su participación como protagonista en el musical Nine, estrenado en Broadway en 2003 con gran éxito de público y de crítica (el mismo Banderas fue candidato al Tony por su trabajo en el espectáculo), contribuyó en parte que nuestro hombre se quitara aquella espinita, su plan maestro para devolver a la escena lo que era suyo pasaba por una cuestión bien distinta: la puesta en marcha de un teatro propio, guiado bajo criterios bien definidos entre los que destacaba especialmente la formación de jóvenes artistas. Ahora, tanto tiempo después, este plan queda despejado con la inauguración prevista para el próximo otoño del Teatro del Soho Caixabank, que, bajo la dirección de todo un referente para la escena española como Lluís Pasqual, abrirá sus puertas en la casa que ocupara el Teatro Alameda, tras una profunda rehabilitación y contará con un segundo espacio ganado a la causa en el Teatro Antonio Banderas de la Escuela Superior de Artes Escénicas de Málaga (Esaem), en la barriada de Las Delicias, en un órdago de titularidad enteramente privada que cuenta con el patrocinio de Caixabank y para el que el titular ha puesto en marcha la Fundación Teatral Antonio Banderas, cuyo cometido inicial será el de afrontar el pago de los 225.000 euros anuales en concepto del alquiler del inmueble de la calle Córdoba. Cuando, previsiblemente el próximo mes de octubre, el Teatro del Soho levante el telón por primera vez para el estreno absoluto de la nueva producción del musical A Chorus Line que dirigirá Bayork Lee, la actriz que en 1975 protagonizó el montaje original en Broadway a las órdenes de Michael Bennett, y por mucho que para entonces quede por delante lo más difícil, Banderas, que se ha reservado un discreto papel sobre las tablas, podrá dar por cumplido su sueño. Y será gracias al empeño sostenido durante dos décadas en las que no han faltado sinsabores, reveses ni ganas de mandarlo todo a hacer gárgaras. Si una virtud corresponde reconocer en un Antonio Banderas que como empresario singularmente versátil ha conocido el éxito y el fracaso, es la constancia. El Teatro del Soho se prepara para ser una realidad, principalmente, a base de cabezonería. Pero ya se sabe que en lo que de verdad importa la resistencia encierra la última llave.

El primer intento de Banderas para la construcción de un teatro, en Madrid en 2002, se saldó con la pérdida de un millón de dólares

Antonio Banderas, en 'Nine', el musical que estrenó en Broadway en 2003. Antonio Banderas, en 'Nine', el musical que estrenó en Broadway en 2003.

Antonio Banderas, en 'Nine', el musical que estrenó en Broadway en 2003. / Efe

Fue en 2002 cuando Banderas se puso por primera vez manos a la obra para alumbrar su teatro. Curiosamente, este primer envite no tuvo lugar en Málaga, sino en Madrid; el actor se alió con el empresario teatral Luis Ramírez y con la SGAE para la construcción de un gran espacio escénico que habría de erigirise en la estación Príncipe Pío, un edificio declarado Bien de Interés Cultural. Aquella primera tentativa resultó fundamental como aprendizaje, lo que a las llanas quiere decir que salió bien cara: Banderas puso sobre la mesa un millón de dólares del que no volvió a saber nada una vez que el proyecto se dio por imposible. Pero el desánimo no tuvo mucho tiempo para explayarse: ya a comienzos de 2003 se constituía en Nueva York (donde Banderas preparaba el estreno de Nine) la Fundación Teatro del Puerto con vistas a la construcción de una escuela teatro (denominada así) en una parcela del Muelle de San Andrés que la Autoridad Portuaria estaba dispuesta a reservar a tal efecto. La constitución de la entidad se ratificó en Málaga en junio de 2004, ya con la participación del Puerto y de la Junta de Andalucía como institución inversora. Pero ya para entonces la posibilidad de encajar aquí la escuela teatro se parecía demasiado a un puzzle: el recién creado consorcio del Auditorio se aseguraba la cesión de 31.000 metros cuadrados de la misma parcela (con una extensión total de 40.000) mientras la prometida sede del Instituto Ocenagráfico pedía hueco en el mismo espacio. Finalmente, en 2006, la salida del citado instituto garantizaba al menos 8.000 metros cuadrados para el teatro de Banderas, mientras empezaban a sonar nombres como los de Al Pacino y Glenn Close entre los futuros invitados para ponencias y masterclasses. La Diputación Provincial decidió incorporarse al proyecto, pero lo que se interpretaba como apoyos desde el sector público terminó funcionando como obstáculos burocráticos que acabaron ahogando el proyecto. Después de que se barajaran otras sedes dentro y fuera del área portuaria, el mismo Antonio Banderas dio por agotada la iniciativa definitivamente un par de años después. Aunque al principio se mostró reservado, el actor confesó más tarde que su idea para la escuela teatro era una emulación del neoyorquino Actor’s Studio, un centro de formación prestigioso pero de dimensiones reducidas; la entrada en juego de las instituciones obligaba a redimensionar el proyecto hasta convertirlo definitivamente en otra cosa: cuando Banderas decidió dar el asunto por zanjado, hacía ya mucho que había dejado de identificarse con lo que se estaba cociendo.

Lo que cabía interpretar como apoyos públicos terminaron ejerciendo de obstáculos para el malogrado proyecto de la escuela teatro del Puerto

Para el siguiente episodio relativo al teatro de Antonio Banderas hubo que esperar una década, hasta 2017. El mecanismo empleado fue esta vez el concurso de ideas convocado por el Ayuntamiento para la intervención en la manzana del cine Astoria, que precisamente había figurado como primera opción para el actor y su empeño antes incluso que el Puerto. La propuesta ganadora en aquel procedimiento, que contemplaba tanto áreas de restauración como un teatro, resultó ser la del arquitecto José Seguí, quien presentó el proyecto de la mano de la firma Starlite y de Antonio Banderas. Con las cartas boca arriba, en abril de aquel año, tanto Seguí como Banderas confirmaron que optarían al concurso que correspondía abrir al Ayuntamiento para la construcción y explotación del equipamiento. Pero volvieron a acumularse los problemas: la Junta de Andalucía reclamó que el proyecto arquitectónico se ajustara al plan urbanístico del Centro, con lo que tendría que perder dos plantas, y que dedicara una mayor superficie al uso cultural. Las dudas respecto a la transparencia del proceso se pusieron de manifiesto desde la oposición municipal y desde otras instancias. Finalmente, ya en mayo, tanto Banderas como José Seguí anunciaban su renuncia a seguir adelante con la empresa del Astoria. Si bien el actor nunca llegó a aclarar por completo los motivos exactos de esta renuncia, no tardó en manifestar su intención de construir un teatro en Málaga de manera íntegramente privada, sin la entrada en juego de dinero público, al que se refirió de manera explícita con el calificativo “tóxico”. Fuentes cercanas al artista señalan que Banderas se sintió traicionado al encontrar servidumbres en el procedimiento de las que nadie le había advertido. A pesar incluso de una movilización ciudadana y de la invitación del alcalde, Francisco de la Torre, a que se replanteara su renuncia, su no siguió siendo tajante.

Pero no hubo que esperar mucho para el asalto definitivo. Ya en septiembre de 2017 se anunció que Antonio Banderas optaba por el Teatro Alameda, cedido por un alquiler a largo plazo y sometido desde entonces a una abultada intervención, para un proyecto de financiación privada al que no tardó en incorporarse Caixabank como principal inversor. Conviene subrayar, en todo caso, el entusiasmo que la Esaem, también de titularidad privada y con una proyección nacional como fábrica de talentos en sus quince años de vida nada desdeñable bajo la dirección de Marisa Zafra, ha despertado en Antonio Banderas, quien ha acudido a encuentros con los alumnos, galas y otras citas en la escuela con asiduidad; este entusiasmo justifica en gran medida la definición del proyecto del Teatro del Soho y la decisión del actor de incorporar la Esaem al mismo. El propio Lluís Pasqual, de hecho, afirmó que fue el descubrimiento de la Esaem el que le movió a dar el definitivo a Banderas. Ahora, por fin, las luces de Broadway parecen lucir cerca. Arriba el telón.

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