'Todas las noches de un día' | Crítica La lógica atroz de los fantasmas

Carmelo Gómez y Ana Torrent, en 'Todas las noches de un día'.

Carmelo Gómez y Ana Torrent, en 'Todas las noches de un día'. / M. H.

Se representó por fin en Málaga, un año después de la primera función programada y posteriormente cancelada, Todas las noches de un día, la celebrada (y con razón) obra de Alberto Conejero. Y, de entrada, corresponde al espectador corroborar el tremendo pulso poético con el que el dramaturgo es capaz de trazar mundos al borde mismo de la extinción, en una demostración proverbial del poder de la escena a la hora de representar la frontera entre ser o no ser con la mayor verdad. Por lo formal de la propuesta y por su aliento misterioso, cercano al thriller pero a la vez en sus antípodas, es fácil establecer conexiones con el Invernadero de Harold Pinter, lo que también constituye un hallazgo digno de celebración; aunque, en el fondo, Todas las noches de un día habla de la disparidad entre amor y deseo, de la soledad que persiste cuando el corazón cree satisfechos sus objetivos y de la lógica atroz de los fantasmas, por la que son considerados como tales incluso cuando no han llegado a morir del todo. Asistimos a una historia de amor contada desde el reverso; no imposible, no insatisfecho, sino otro amor. Y no es descabellado encontrar en el jardín en el que aparecen y desaparecen los personajes un emblema de cierta capacidad simbólica para el propio teatro como arte erguido en la resistencia, en seguir siendo y seguir estando ante la indiferencia de la mayoría que pasa.

Tan conejeriano órdago necesitaba a los mejores intérpretes, y Luis Luque ha contado con ellos para su sabia dirección, afianzada, como correspondía, en el matiz y el claroscuro, más en lo sugerido que lo afirmado: Carmelo Gómez hace una composición de ésas que merecen pasar a la historia del teatro español, una encarnación perfecta del arquetipo trágico revestido del hombre corriente por la que Arthur Miller habría entregado los dos brazos, soberano sin ceder un ápice a la sobreactuación incluso a la hora de reclamar al público que contenga las toses. No menos talento hay en una Ana Torrent fabulosa en su conmovedora construcción dramática del paso del tiempo. El milagro llegó tarde, pero llegó. Menos mal.

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