Concierto en Málaga | Kiko Veneno La revancha de los sombreros rotos

  • Kiko Veneno llenó de éxitos el Terral y se metió el Teatro Cervantes en el bolsillo

Kiko Veneno, con sus músicos, el pasado viernes, en el Teatro Cervantes.

Kiko Veneno, con sus músicos, el pasado viernes, en el Teatro Cervantes. / Daniel Pérez / Teatro Cervantes

Hay un regusto un tanto escéptico, casi inevitable, cuando vas a ver en concierto a los músicos que te han acompañado toda la vida. En eso, la música se parece a la familia: está ahí, siempre, puedes contar con ella y eso, de alguna forma, resta opciones a la emoción que brotaría intacta ante una experiencia decididamente nueva. Ocurre a veces, sin embargo, que esos músicos de cuyos conciertos has perdido la cuenta en tu haber particular revelan su magisterio con un alcance que, por muy diversas razones, parece distinto, sin dejar de ser lo que han sido pero haciéndote caer en la cuenta de una verdad esencial: han estado siempre ahí, contigo, década tras década, en tu casa, en el coche, en el bar, en las casas de los amigos;pero es que, además, son genios únicos cuya aportación a la música es tan singular como decisiva, como si se escuchara siempre por primera vez. El concierto que ofreció Kiko Veneno este pasado viernes en el Teatro Cervantes, dentro del Terral, tuvo mucho de esta feliz revelación. Fue el Kiko de siempre, claro que sí, pero un Kiko cuyo legado, abrumador, brilló por encima de lo cercano que es ya para todos.

Lo que se había anunciado como un concierto acústico resultó ser un festín sonoro de alto calibre

La Felicidad, el tema que cierra su último disco, Hambre, abrió en engañosa intimidad un concierto en el que el artista vistió de largo una abultada remesa de grandes éxitos pasados por el tamiz, eso sí, del color sintético que revisten sus últimos discos. Junto a un sexteto en estado de gracia, acústico, flamenco, eléctrico y electrónico, Kiko apuntó después alto con Los delincuentes y Memphis Blues. El legado quedó articulado después entre lo viejo y lo nuevo con ánimo actualizador y, a su manera, de reivindicación propia, con, entre otras, Autorretrato, Traspaso (y su proverbial desarrollo kingcrimsoniano), Superhéroes de barrio, Luna nueva, Veneno, Echo de menos, Dice la gente, Hace calor, La rama de Barcelona, Respeto y, claro, el celebrado En un Mercedes blanco. Para entonces, un Kiko Veneno tan poco elocuente como siempre se había metido ya el Cervantes en el bolsillo, con el público en pie coreando los hits a su manera. Llegaron los bises con Obvio, una de las canciones más hermosas que ha compuesto este hombre, revisada en un emocionante mano a mano con el guitarrista José Torres; Dime A y, que no falte, Joselito. Lo que se había anunciado como un concierto acústico, en consonancia con las últimas actuaciones del protagonista, terminó siendo, casi por sorpresa, un festín sonoro de alto calibre. Aquí siguen los sombreros, maestro. Bien rotos.

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