Las criadas | Crítica

El mundo visto en diagonal

Ana Torrent y Alicia Borrachero, en 'Las criadas'. Ana Torrent y Alicia Borrachero, en 'Las criadas'.

Ana Torrent y Alicia Borrachero, en 'Las criadas'. / Pentación

Aseguraba Genet que veía el mundo en diagonal y que con los años esta condición, digámoslo así (podríamos hablar de tara, quién sabe), no hacía sino acentuarse. La puesta en escena de Luis Luque de Las criadas se ajusta bien a esta premisa y traslada la obra a un espacio definido por la geometría y la luz, que deja al espectador en una posición entre la alucinación y el extrañamiento. El invento, que conste, funciona muy a pesar de la plasticidad inclinada a la impostura, en parte porque donde mejor puede funcionar Genet hoy día es en las antípodas del realismo, del que el autor francés abjuró y que ha terminado devorándolo todo. Justamente, el montaje parece partir de la premisa de que el realismo, como construcción burguesa, únicamente puede ser merecedor de la destrucción violenta, mientras que al mismo tiempo quiere interrogar al espectador sobre si realmente está dispuesto a asumir una alternativa. La versión de Paco Bezerra juega a favor con una adaptación bien afilada, cargada de intenciones incendiarias allí donde lo exigen las palabras más dolientes. En Las criadas, el lenguaje pesa justo en la dirección contraria de la levedad de la escena, y Bezerra acierta al darle al texto toda su gravedad sin que su proyección oral se resienta.

Donde más acierta la producción es, insisto, en su fórmula interrogante respecto a la posibilidades de una revolución social en este siglo de capitalismo especulativo, en el que el parecer ha terminado de sustituir al ser. Falta, quizá, algo más de mala leche en la transición del texto al acto, que no llega a ser asesino allí donde las palabras lo reclaman. Una dirección de actores más atrevida, menos complaciente y más conducida al riesgo, habría servido una función más redonda. Y, bueno, nos sobra todo el aparato gesticular y gritón de Alicia Borrachero, excesiva, con poca carne y mucha cáscara. La tila debió ser para ella.

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