Museo Picasso Málaga En las entrañas del genio

  • El Museo Picasso somete a estudio radiológico tres esculturas en yeso de su colección para dilucidar la técnica que aplicó el artista en su realización

Clara Stagni y Pascale Roumégoux, junto a ‘Mujer con follaje’ (1934), en las salas de conservación del Museo Picasso Málaga. Clara Stagni y Pascale Roumégoux, junto a ‘Mujer con follaje’ (1934), en las salas de conservación del Museo Picasso Málaga.

Clara Stagni y Pascale Roumégoux, junto a ‘Mujer con follaje’ (1934), en las salas de conservación del Museo Picasso Málaga. / Javier Albiñana (Málaga)

En 1934, un Pablo Picasso de 53 años modeló una escultura en yeso a la que llamó Mujer con follaje. Brassaï, que había fotografiado el proceso de creación de la pieza en el estudio parisino del malagueño, la describió como “una diosa de un mundo bárbaro surgida de la mitología”. Ciertamente, la obra, conservada en la colección permanente del Museo Picasso Málaga dentro de los fondos cedidos por la Fundación Almin y Bernard Ruiz-Picasso para el Arte (FABA), evoca una presencia a medio camino entre la naturaleza y lo humano, un puente orgánico y proteico entre dos mundos. Picasso realizó posteriormente una segunda versión en bronce custodiada hoy en el Museo Picasso de París, pero la impresión próxima a la metamorfosis es más certera en el yeso, dada la relevancia de los elementos naturales empleados: para su realización, Picasso creó primero un armazón hecho con hojas de olmo (detalle del que llegó a dar cuenta André Malraux, a modo casi fetichista), cartón y otros elementos tal vez espontáneos, tal vez encontrados, y después cubrió esta base con el yeso antes de moldear la figura en su forma definitiva. Pero, por varios motivos, el resultado constituye un enigma. O mejor, dicho, varios: si a la hora de trabajar el yeso Picasso optaba por imprimir una forma en el yeso fresco o bien por vaciar en yeso la forma o el objeto encontrado, para Mujer con follaje empleó una inesperada e irrepetible fusión de las dos técnicas, quizá de manera premeditada, quizá guiado por su legendaria intuición. Además, tampoco se preocupó nunca Picasso por aclarar si la versión en yeso era o no un estadio intermedio en el camino a la versión en bronce (que, de ser así, constituiría el final del proceso). Estos días, un equipo de conservadores trabaja en el Museo Picasso para desentrañar estos enigmas, en un proceso fascinante cuyas conclusiones podrían ayudar a explicar el mayor de lo misterios: cómo hacía Picasso las cosas.

La restauradora del museo, Laura Resina, con la escultura. La restauradora del museo, Laura Resina, con la escultura.

La restauradora del museo, Laura Resina, con la escultura. / Javier Albiñana (Málaga)

La investigación se desarrolla también en torno a otras dos esculturas de la colección permanente del museo, La gata y Gata sentada, realizadas ambas en 1941. El equipo que, en clave absolutamente detectivesca, protagoniza este viaje a las entrañas del genio picassiano está formado por Clara Stagni, conservadora de FABA; Pascale Roumégoux, conservadora experta en obras en yeso de los siglos XIX y XX; y Laura Resina, restauradora del Museo Picasso Málaga. El análisis incluye estudios radiológicos y una observación detallada y aislada de todos y cada uno de los elementos que Picasso incluyó en la obra. Así, según explicó Clara Stagni, es posible clarificar el proceso que siguió Picasso al presionar y ensamblar todos esos elementos: “Hemos advertido también que, una vez hecha la estructura básica, Picasso la modificó al aplicarle el yeso, seguramente porque no le había gustado lo que había encontrado”, detalló Stagni, quien precisó por ejemplo que Picasso no resolvió la colocación y presión de las hojas naturales “de cualquier manera, sino con una intención decidida en cada caso”. La aclaración final de esas intenciones es lo que persigue esta investigación, que se complementará con otros análisis de los que se hará cargo el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico.

Picasso ensambló elementos naturales con el yeso fusionando e inventando técnicas

Es conveniente subrayar, en este caso, que el estudio de los procedimientos seguidos por Picasso contribuye a arrojar luz decisiva no sólo sobre cada obra en particular, sino sobre el vasto modus operandi de un artista que inventaba, rehacía, reciclaba y descomponía técnicas a placer prácticamente a casa paso. El talento titánico del malagueño no se ciñe al número de obras que alumbró; también a todos los procesos que imaginó para crearlas, con una singularidad y una independencia como las de sus pinturas y esculturas. En el caso de Mujer con follaje, el director del Museo Picasso, José Lebrero, hace una ilustrativa comparación con la “tectónica de placas” para proyectar un modelo pedagógico de lo que los escultores están encontrando en el seno de la escultura. Cabe reseñar que la pieza demuestra hasta qué punto en 1934 el cubismo, o al menos su reflejo, era todavía una mecánica inspiradora para Picasso, aunque Lebrero, si bien da su beneplácito a la idea, advierte de que el cubismo no resulta suficiente para explicar el procedimiento aquí desarrollado. Sí que resuenan, de cualquier modo, las palabras del propio Pablo Picasso cuando definía la pintura como la traducción de la escultura a las dos dimensiones. Mujer con follaje es, de hecho, una odisea continua de idas y vueltas desde la escultura a la pintura y de vuelta a la escultura, una síntesis de la experiencia de la realidad que sólo un ser de otro mundo como Picasso pudo llegar a poner en juego. Y ésta es, justo, la palabra clave: juego. También esto es fruto del juego de un niño de 53 años.

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