El parqué
Sesión con subidas
De Norte a Sur y de Oeste a Este, el mundo vive en un tobogán de amenazas, agresiones, crisis y emociones agotador. Nadie podía pensar hace un año que un agente de policía estatal estadounidense podía descerrajar diez tiros a un hombre blanco ya reducido en una calle de Mineápolis sin que se abriera una investigación penal inmediata. O que se detuviera a niños de 5 años para que sus padres salieran del escondite por temor a la deportación. Viajando al sur, que se ahogara a un país como Cuba cortando el suministro de petróleo, mientras otro como Costa Rica –antes apodado la Suiza americana– bordeaba en unas elecciones su bukelización. O que desde Venezuela, donde se capturó a quien ocupaba la Presidencia, Nicolás Maduro, y a su esposa sin atender al derecho internacional, se lanzara un aviso a otros países sobre el riesgo que podían correr.
Saltando a Europa, resultaba impensable imaginar la injerencia publicitada de la Casa Blanca en cualquier elección en favor de la extrema derecha. O el abandono progresivo del Gobierno legítimo de Ucrania que soporta un martirio por la invasión rusa. Por no hablar del genocidio inacabable contra los palestinos por parte del Ejército de Israel, país de los supervivientes del exterminio nazi. Y así hasta los 53 conflictos abiertos en el mundo, que no sólo son tres como los informativos difunden, obviando el resto.
Tras esa vuelta al mundo detectando la desestabilización, se puede repetir el viaje acumulando indicios de esperanza fruto de la resistencia democrática a la destrucción deliberada del estado de derecho en los países citados como ejemplo. Ahí está el clarividente discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, en Davos, llamando a las potencias medias del mundo a aliarse para plantar cara al despótico ejercicio del poder que emana coordinado desde Washington, Moscú y Pekín. O el gesto simbólico de ocho países europeos enviando algunos soldados a Groenlandia para solidarizarse con Dinamarca ante la amenaza de Trump de hacerse con la isla ártica “por las buenas o por las malas”. O la retirada de inversiones europeas en bonos del Tesoro americano que ha hecho temblar las bolsas y ha apaciguado, al menos los discursos, de Trump; o el rechazo europeo al proyecto de crear una “sociedad de naciones” alternativa a la ONU. Sólo Hungría y Chequia, de entre los 27 de la Unión, aceptaron participar. Y a tener muy en cuenta los dos grandes acuerdos firmados recientemente con la India, el país más poblado del planeta, y con Mercosur.
Ese recorrido tiene un denominador común: la amenaza al Estado de Derecho; el riesgo de sustituir el imperio de la ley por el abuso de la fuerza. Muy oportuno resulta el excelente libro que acaba de presentar el abogado Javier Cremades, presidente de la World Jurist Association, titulado Sobre el imperio de la ley. Flanqueado por el presidente del Tribunal Constitucional, Cándido Conde-Pumpido, el magistrado Gutiérrez Aragón y la presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid, María Rey, Cremades alertó del descrédito a los jueces como principal amenaza al Estado de Derecho en Occidente y en España. Sostiene que el descrédito de la Justicia es una estrategia global. “No se derrumba el Estado de Derecho con un golpe espectacular, o con violencia, sino que se erosiona lentamente. China tiene leyes y Constitución, pero no es un Estado de Derecho”, advirtió el jurista alarmado por la situación, pero esperanzado por la concienciación ciudadana.
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