Luces y sombras

"La Aduana para Málaga"

El museo brinda la oportunidad del reencuentro con su historia, con la cuna que lideró el arte en España

Pocas veces una reivindicación cultural es capaz de sacar a la gente a la calle. En Málaga, en concreto, se pueden contar con los dedos de una mano en las últimas tres décadas las veces que una manifestación logró movilizar a varios miles de personas. Así que el hecho fue insólito. "La Aduana para Málaga", proclamaban el grupo de ciudadanos que hace dos décadas lideró la demanda. Uno de los artífices me acompaña desde hace muchos años en esta misma página dominical.

Debo confesar que acudí por primera vez al Museo de Bellas Artes apenas unas fechas antes de que en 1997 echara el cierre para dejar paso, en aquel Palacio de Buenavista, al futuro Museo Picasso. Los datos de visitantes de esta pinacoteca en los años previos a su clausura tampoco revelaban que la mayoría de los malagueños la fueran a echar de menos.

Cuando años después, la Subdelegación del Gobierno habilitó una sala en el propio Palacio de la Aduana con una selección de las mejores cincuenta obras del Bellas Artes, como un aperitivo para compensar tanto retraso para habilitar el nuevo emplazamiento, tampoco se desbordaron las colas para acceder. Pero, curiosamente, sí que se logró el suficiente ruido en la calle para que el Gobierno del PP, finalmente, superara el temor a que si cedía el uso del edificio, vascos y catalanes hicieran lo propio con reclamaciones de los inmuebles de los antiguos gobiernos civiles de sus provincias.

El nuevo museo me supondrá el reencuentro con un cuadro que siempre me dejó impactado: Anatomía del Corazón de Simonet, Y tenía corazón, como lo conocíamos inicialmente antes de que pensáramos que el significado del título y la historia que envuelve la pintura pudiese adquirir connotaciones negativas para las mujeres. Solo esa obra merece un museo, claro que no necesariamente los 18.000 metros cuadrados de superficie y los 40 millones de euros invertidos.

En las última elecciones autonómicas con Javier Arenas a la cabeza, el candidato ofreció, si gobernaba, convertir La Aduana en una extensión de El Prado. La tesis que entonces defendían los populares era que las obras que el martes se expondrán al público no tenían suficiente tirón como para garantizar el éxito. No soy experto, pero ya hemos comprobado que las franquicias, por mucho apellido que luzcan, tampoco arrastran a las masas.

Pero la Aduana, después de dos décadas y de una apuesta cultural que entonces no se podía ni imaginar, es la ocasión para que Málaga se reencuentre ahora con su historia. Parte de ella bastante reciente, la que la convirtió en el siglo XIX en uno de las cunas del arte en España y la que le permitió alumbrar a su genio más ilustre.

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