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Hay una larga tradición de profesores varones que han tenido una conducta reprobable con alumnas y compañeras

La semana antes de empezar las clases en un college universitario americano nos reunieron a todos los profesores en el salón de actos. Una profesora del departamento de Derecho nos dio una charla sobre todas las cosas que no podíamos hacer, sobre todo los profesores varones. Había que tener un cuidado especial en el trato a las alumnas y a las compañeras de departamento. No convenía acercarse demasiado ni adoptar actitud alguna que pudiera considerarse intimidatoria. Incluso se nos recomendó que no cerráramos la puerta si entraba una alumna en nuestro despacho. Al final del acto se nos informó de las condenas en las que podíamos incurrir. En algunos casos, si el asunto era lo bastante grave, el college nos pondría en manos del sheriff. Yo había visto al sheriff -me recordaba al Rod Steiger de En el calor de la noche- y, la verdad, lo último que me apetecía era tener un encuentro con aquel caballero.

Al principio, aquella clase orientativa me pareció excesiva. Recordé la novela de Philip Roth -La mancha humana- en la que un profesor sufría una injusta condena -que acababa convirtiéndolo en una especie de muerto civil- por culpa de un comentario inocuo que había hecho en clase. Pero luego fui viendo que aquella sesión informativa tenía mucho sentido. Hay una larga tradición de profesores varones que se han excedido con alumnas y compañeras, y que incluso las han acosado o han tenido una conducta reprobable. Así que no venía nada mal que se nos recordaran cuáles eran nuestras obligaciones. Porque al final de todo, si las cosas se torcían, podía aparecer la silueta voluminosa del sheriff con su enorme sombrero vaquero.

Digo esto porque parece que en Andalucía nos hemos quedado muy atrasados. Lo demuestra el caso del catedrático de la Universidad de Sevilla que ha sido condenado por acosar a tres jóvenes profesoras entre los años 2006 y 2010. Asombrosamente, pese a las denuncias que pesaban contra él, el profesor siguió disfrutando de trato preferente en su Facultad. Es cierto que el caso no estaba juzgado y que nadie puede actuar sin que haya una condena firme (de lo contrario entramos en el territorio de la Santa Inquisición), pero algo muy raro está pasando aquí si estas cosas tardan tantos años en solventarse. Algo muy raro, sí, que no deja en buen lugar ni a nuestra Universidad ni a nuestra Justicia.

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