Por favor, dejad de decir que este año no hay Carnaval. No hay COAC, no hay actos en la calle, la sensatez sanitaria nos lleva a dejar los papelillos en el cajón. Pero el Carnaval es un modo de vida. No cesa, es un latido continuo, la respuesta a una guerra interminable, pues nació como la voz del pueblo oprimido y seguirá sonando mientras la mano que se cierra sobre los cuellos no deje de apretar. El auténtico teatro del Carnaval es el corazón de quien vive la fiesta, ahí dentro resuena hasta su último día. Un coplero es un carnavalero, pero todos los carnavaleros no son copleros. Solo vamos a dejar de concursar. Igual que una persona no deja de amar por pasar un año sin besar otra boca.

El Día de Muertos mexicano siempre me ha recordado a nuestro Carnaval. Allí una fiesta en esencia triste, recordar a los familiares que ya no están, se edulcora y colorea para transformarla en un canto a la vida. También en una excusa para mostrar la identidad folclórica del pueblo y reclamar su sitio en el mundo. Aquí el carnavalero canta desde sus miserias. Las pregona para denunciarlas, vomitarlas, darles visibilidad. Y así cristaliza su capacidad para sobreponerse y darle vuelta a las cosas, para encontrar el enfoque chanzonetero en un charco de lodo, para lanzar letras con un veneno que no detiene los corazones, sino que los ablanda. Y todo ello lo hace envuelto en el caramelo de la música, porque por aquí nos dieron más destreza para el arte que para la industria.

La única vía para que el carnaval desapareciera sería acabando con las desigualdades. Porque esta es la fiesta del pobre. Del débil. Del obrero. Del subyugado. El blues lo inventaron los esclavos, no los señores. Y como el capitalismo y la corrupción siguen pellizcando más fuerte, ellos mismos van insuflando más vida al Carnaval. No duden de que oirán coplas este año, puede que incluso algunas más ácidas de lo normal por tanto dolor pandémico acumulado. Aunque no sea en los formatos tradicionales.

El Carnaval protege incluso a quien no le gusta, es otro representante político sin urnas ni dietas. En la calle, un acto público o un pleno, un ciudadano de a pie que lanzara la crítica más enfurecida podría incluso dormir en el calabozo. La copla de carnaval permite canalizar toda esa rabia sin consecuencias, defenderse de tanto hostigamiento recogiendo aplausos en lugar de multas. Es un poder del que quizá muchos aún no sean conscientes. Por eso no entiendo al compañero que busca la lágrima fácil en lugar de la punzada en el estómago. Por eso no entiendo al público que renuncia a la lucha que vela por él. Por eso entiendo que el gobernante le tema y quiera destruirlo. No hay COAC, no hay actos en la calle. Pero siempre hay Carnaval, la fiesta de los no muertos, de aquellos que desafían a la muerte llevando la vida por bandera.

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