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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Faltan 300

Si la democracia española les hurta la justicia a las víctimas de ETA habrá cometido un error histórico

Más de un tercio de los 858 asesinatos de ETA -algo más de 300- están aún sin resolver. Recordamos este dato para moderar la alegría de ciertos sectores del nacionalismo vasco y de no pocos profesionales de la paz ante el anuncio de que la banda terrorista entregará el armamento enmohecido y caducado que aún le queda. Es normal que los miembros del linaje de Arana y sus amigos -especialmente el PNV, la iglesia vasca y algunos izquierdistas-, que siempre encontraron una cierta disculpa para estos crímenes, estén impacientes por pasar página e ignorar a las víctimas, esos fantasmas incómodos que estropean el retrato que se quiere hacer del País Vasco actual. También es normal que parte de nuestros políticos de PP y PSOE -por no hablar de los filobatasunos de Podemos e IU- quieran acabar con este fastidioso engorro para, como dicen con engolado verbo, poder "construir el futuro". Pero la cosa no es tan fácil.

Los que han sufrido desde que el 7 de junio de 1968 ETA matase al guardia civil José Antonio Pardines no ha sido la "sociedad vasca", como predican los frailes del norte, sino personas concretas, gente que tenía un nombre y dos apellidos; muertos, mutilados, viudas, huérfanos... De igual modo, los que cometieron los asesinatos, los que apretaron el gatillo, no fueron espectros, ni arquetipos de gudaris, ni esa asociación ilegal llamada ETA, sino ciudadanos con DNI, de carne y hueso, con responsabilidades concretas. Por tanto, el primer paso para alcanzar la paz es saber exacta y minuciosamente quiénes mataron a esas 300 personas, acabar con la impunidad. Queremos saber sus nombres y sus apellidos. No nos valen explicaciones históricas, sociológicas o políticas; sólo las confesiones y los informes de los criminólogos. Una vez que se sepa esto, serán las víctimas concretas las que podrán perdonar. Porque la absolución sólo puede ser personal y directa, de víctima a verdugo. Para el Estado o el Gobierno vasco es muy fácil perdonar, sencillamente porque no son víctimas. Su perdón es superfluo por innecesario. Cada vez que vemos a alguien que, con gesto doliente, pide generosidad a las víctimas, sabemos que estamos ante el rostro de Tartufo, el personaje en el que Molière personificó la impostura.

Muy lejos la idea de venganza. Si algo han demostrado las víctimas de ETA en estas décadas es la limpieza de su sufrimiento. No fueron ellas las que impulsaron esa chapuza grasienta y asesina que fueron los GAL. Lo único que piden es justicia. Si la democracia española se la hurta habrá cometido un error histórico.

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