Postrimerías

Hoces, fasces

La fascinación de las ideologías totalitarias tiene mucho que ver con el talento de sus propagandistas

Cuando el muchacho endomingado que atiende en el Ministerio de Consumo -que no parece mala persona ni se sitúa, al menos a simple vista, entre lo peor de su facción, en la que hay sans-culottes que desearían guillotinar al Monarca e instaurar un Comité de Salud Pública- apareció retratado en su pulcra cocina pequeñoburguesa con una sudadera de la RDA, muchos consideraron la foto una prueba de mal gusto. No es que el diseño del escudo de la república prosoviética, donde la hoz tradicional era sustituida por un compás y una corona de espigas, no sea elegante, pues de hecho la fascinación que siguen ejerciendo las ideologías totalitarias tiene bastante que ver con el talento -aquí curiosamente cercano al imaginario masónico- de los que forjaron su propaganda. Ni es mala señal la banalización de lo que fueron símbolos de poder, no se olvide, porque las hoces y martillos no representan ya la lucha de los obreros de las fábricas donde los menores de edad trabajaban doce horas o menos aún, por referirnos a nuestra tierra, la sed de justicia de los miserables jornaleros que se empleaban de sol a sol por un plato de comida, sino la arbitrariedad y el despotismo de los estados que en el siglo XX sojuzgaron o asesinaron a millones de conciudadanos desafectos. Con razón se dice que a nadie con dos dedos de frente se le ocurriría retratarse junto a los niños, la abuela o el perro llevando una esvástica estampada en el albornoz, prenda de por sí sospechosa, por más que pudiera aducir en su descargo que se trata de un signo milenario -Kipling lo estampaba en sus libros hasta que lo popularizaron los nazis- de la gran cultura indoirania. Y también los fasces latinos, asociados a las legiones y por extensión a un imperio, el que nacido de la vieja península itálica llegó a dominar lo que los antiguos llamaban la ecúmene, esto es el mundo habitado, y que como todos los imperios fue belicoso y depredador pero asimismo, en el caso de Roma, benéfico y portador de ideas civilizadas, quedaron contaminados cuando los partidarios de Mussolini las convirtieron en el emblema de su movimiento. Podemos entender que los herederos de la tradición comunista honren a sus luchadores, que a menudo fueron personas bravas, honestas y desinteresadas, pero no que contribuyan a blanquear el oscuro historial de odiosas dictaduras. Que el escudo de un antiguo estado policial se rebaje a la categoría de adorno pop en los chándales de la mesocracia engagé parece, como decimos, una buena noticia, siempre que no olvidemos lo que supusieron aquellos regímenes ni sobre todo a sus millones de víctimas. En ese y otros sentidos, su lugar natural es el vertedero.

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