La otra orilla

Ángel Robles /

Jugar a la rayuela

28 de agosto 2014 - 01:00

AHORA que las modas pasan a la velocidad de vértigo y los juguetes se quedan anticuados al ritmo que marcan la televisión y la publicidad, no estaría mal volver a la rayuela, a las tardes en la plaza en torno a unos trazos de tiza en el pavimento, a una competición de saltos durante el recreo en el patio del colegio. La rayuela es un juego de iniciación infantil, una metáfora de la vida de la persona desde su nacimiento hasta su muerte, salto a salto, número a número, aunque desde una mentalidad infantil todo esto quede reducido a una competición ingenua por llegar a la última casilla: el cielo.

Julio Cortázar, de quien ahora se conmemora el centenario de su nacimiento, invitó a los lectores de su generación a enfrentarse a la rayuela desde las páginas de un libro que no es sólo un libro y al que no está mal volver de vez en cuando para escapar de unas modas que, al igual que dictan a los niños a qué jugar, dicen a los adultos qué leer. Entre la incomprensión y la sorpresa, a la rayuela de Cortázar se juega a salto de página, en un retroceso infinito que dificulta la llegada a la última casilla, la del cielo. En este libro inacabable, que invita a recorrer un París lluvioso y ceniciento, los capítulos escapan a la lógica. A veces uno lo comienza con la aceptación de que lo abandonará en el capítulo siete, cuando los protagonistas se abandonan a un beso apasionado, y otras veces se juguetea con las páginas, se repasan unas cuantas líneas, y luego ocurre como cuando un niño abandona la competición por llegar al final en el segundo salto.

La rayuela de Cortázar no soporta el formato digital, el ebook que se lleva a la piscina o la playa: requiere del papel, porque el acto de pasar la página equivale a tirar la piedra sobre el pavimento. Ahí el azar te lleva a una discusión sobre música de jazz o igual te acerca a la orilla del Sena en una tarde de invierno. Y, claro está, el peso del papel te avisa de que alcanzar el final requiere de un largo recorrido, como cuando el niño vislumbra desde la lejanía la última casilla. Desde luego que hay más julios: todos igual de juguetones.

Está el que intenta perseguir con palabras las notas que se fugan de un instrumento musical, o el que te convierte en una criatura subacuática en el Jardin des Plantes, o el que abandona la casa familiar al sentirla ocupada, o el que da instrucciones para subir una escalera, llorar correctamente o dar cuerda al reloj que lleva atado a la muñeca.

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