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Odio a los árboles

No sé la causa de tanta aversión a los árboles ni de tanta afición a la creación de zonas inhóspitas y carentes de vegetación

A pesar de que plumas más prestigiosas que la mía ya lo han hecho en este mismo periódico, no me resisto a escribir sobre la falta de arbolado que aumenta año tras año en nuestros campos y ciudades. De la mítica imagen de aquella ardilla que podría ir de rama en rama desde Algeciras a los Pirineos, hemos pasado a esta otra en la que camellos y reptiles del desierto pronto formarán parte del desolado paisaje de la piel de toro. Salvo zonas verdes en el norte y alguna que otra mancha en el centro y sur de la península, la deforestación va en aumento y los incendios veraniegos se encargan del resto.

No sé la causa de tanta aversión a los árboles ni de tanta afición a la creación de zonas inhóspitas y carentes de vegetación en nuestros pueblos y ciudades. La deforestación cumplió su papel en la época medieval, en la que la colonización supuso la tala de bosques, el control de alimañas y la posterior repoblación con monasterios o aldeas, época que queda muy lejana, aunque alguno parece haberse quedado anclado en ella. Ignoro la importancia que tienen determinadas asignaturas en los estudios de arquitectos y urbanistas, pero me da la impresión de que la Historia, el Arte y el Medio Ambiente, conforman la nueva tríada clásicamente conocida como las tres marías.

Los árboles cumplen la necesaria función de mejorar el aire de los núcleos urbanos por aquello de la fotosíntesis. Cumplen una función de ornamentación que forma parte de los instintos más atávicos de los seres humanos y, por si fuera poco, hacen la no despreciable labor de tapar la fea arquitectura. Hay sobradas muestras de que la globalización ha entrado de lleno en las ciencias constructivas y el urbanismo. Muchos proyectos sirven lo mismo para Andalucía que para Laponia o Bielorrusia, sin tener en cuenta que allí nieva, hay demasiadas horas de noche y el sol no calienta ni en verano. Estos ilustres desilustrados que dan prioridad al diseño frente a la lógica, olvidan que hay cosas que están trazadas mucho antes de que ellos nacieran y el mundo tuviera que estarles eternamente agradecido por haberlo hecho. Los árboles, la vegetación en general, solo lo ven como un coste añadido que hay que cuidar, podar y renovar, además de dejar muchas hojas en el suelo y proporcionar una estética antigua, ya desfasada, que no forma parte de los programas de estudio ni de los cánones estéticos vigentes.

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