LA nostalgia es un virus peligroso que una vez inoculado horada nuestro cerebro y nos hace prisioneros del pasado. Por eso, sobre todo las personas que ya acumulamos recuerdos y pensamientos de más de medio siglo, debemos estar alerta para no caer en esta enfermedad maligna y contagiosa que nos exilia del presente y nos instala en una permanente añoranza en la que ni la política ni el toreo, ni el deporte ni el arte ni la vida que hoy nos toca padecer resiste la comparación con la de nuestros años jóvenes. La nostalgia en su fase aguda es la renuncia a la alegría del presente y la muerte de la ilusión y la esperanza.

Por eso toda prevención es poca para evitar que ese sentimiento vaya anidando en nuestro ánimo y al final no convierta nuestras vidas en una rememoración de un tiempo pasado más feliz y perfecto aunque dicho recuerdo solo sea una ficción que maquinó nuestra memoria. Hay que ganar la batalla contra la nostalgia manteniendo el interés, el entusiasmo e incluso la ingenuidad sobre las cosas que ocurren. Pero reconozco que en algún momento bajé la guardia y no pude evitar una enorme ola de nostalgia y tristeza cuando me enteré que el centenario comercio Perez-Cea cerraba sus puertas. Se va un testigo más que, con Valero, Espejo Hermanos y alguna otra firma, fue el decorado indispensable de una calle comercial más familiar, más provinciana y más cercana. Desaparece esa pequeña burguesía de horas de mostrador y sonrisas, de descuentos y cortesía. Dejan de existir los negocios heredados de generación en generación en las que el vástago era designado sucesor ineludible, al que se le preparaba con el bachiller y estudios de comercio y economía para proseguir con solvencia una tradición irrenunciable. Como el amigo Rafael, último propietario de Pérez-Cea, fallecido hace más de dos años, con su voz atronadora y su sonrisa eterna que consideraba cliente de confianza a todo el que se acertaba a entrar en su negocio. Definitivamente esa estampa se va. Se cierran comercios familiares y nos quedamos con el mundo de los grandes almacenes o de las franquicias. Ni un minuto para la nostalgia, los tiempos son los tiempos y el negocio es el negocio. Pero me perdonarán que prefiera ese comercio entrañable, familiar y decadente a la atención lejana y fría del dependiente de importantes almacenes que con desgana te señala una montaña de pantalones para que tú encuentres el más apropiado mientras quese recrea en estallar sonoramente globitos con el chicle que mastica con fruición.

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