Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Tatuajes

Los dibujos son repetitivos y la sobredosis de tinta en el cuerpo provoca la dispersión de la atención

Conforme la tinta se apropia de la piel, cobra valor la parte que quedó en blanco. Es una paradoja que observo con la proliferación de tatuajes cada vez de mayor tamaño y variedad que se ve por las calles.

De palabras o frases a dibujos coloreados; de auténticas obras de arte a verdaderas bírrias que preferirías no haber visto. Hay de todo y ya cuesta casi no ver alguno cuando ves pasar al paisanaje en esos ratos muertos tan entretenidos que gusta uno de dejar la mirada volar detrás de aquello que le llama la atención por las calles.

Hubo un tiempo en que llevar la piel tatuada remitía a un aura portuaria o de mala vida que ya pasó a la historia. El tatuaje era la marca distintiva de marineros o legionarios, con aquellos ya míticos 'Amor de madre' o 'Lola, te amo' en tintas azules, incluso con un ancla de barco o una chica picante. Había mujeres que los llevaban, motivo por el que las más finas sabían lo que nunca deberían inscribirse en sus níveas pieles para no ser vulgares.

Pero la vulgarización de esta costumbre empieza a convertir a los no tatuados en verdaderas rara avis cuyas incólumes superficies cutáneas destacan entre la masa bajo el sol de este agosto extraño.

Las modas son caprichosas. Si romper la costumbre es signo de vanguardia y distinción, cuando la ruptura misma se vuelve costumbre y prolifera de tal modo que es ya una nueva norma, lo original es no cumplir con la tiranía a la moda.

Así, empieza la mirada (esa caprichosa) a buscar por las calles la ausencia de tinta en los cuerpos. Paradójico. De los chic y rompedor es fácil pasar a lo vulgar. Simple cuestión de números.

Lo arriesgado de este hábito tan difundido es lo irreversible. Digamos que empezara a ser trending el no llevar tatuaje alguno. La dificultad entonces será ocultar la tinta, nuevo arte que será de lo más buscado.

Cierto es que algunas obras de arte llaman la atención. Pero son las menos. Los dibujos son repetitivos y, al igual que aquel horrorvacui del más asfixiante barroco, la sobredosis de tinta sobre el cuerpo provoca la dispersión de la atención que ya no sabe en qué dibujo fijarse. Cuestión de mesura, virtud a observar en todo arte.

Todo pasa y todo queda. De ahí que cobre valor la piel incólume en este repetitivo ver pasar dibujos que rizan el rizo en un manierismo que, bien pensado, volverá a redescubrir la belleza del lienzo en blanco.

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