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lola álvarez

Yo acuso

Si Doñana se muere, los regadíos y la actividad de muchos de sus pueblos se irán también al garete

El título, tan rotundo como expresivo, se lo he pedido prestado a Émile Zola, quien lo utilizó en 1898 para desarbolar a una gran parte de la sociedad francesa, que con un embuste colosal se había llevado por delante el honor de un militar de carrera por el simple hecho de ser judío. En mi caso, la acusación va directa contra una gran parte de la clase política que tenemos, capaz de poner en altísimo riesgo un patrimonio natural de todos, como es Doñana, por ganar unos cuantos votos en las próximas elecciones. Les acuso de cortoplacismo, egocentrismo y miopía histórica. La de unos, porque cuando pudieron hacer algo no lo hicieron y miraron para otro lado: las decisiones a tomar entonces no le cuadraban para sus intereses, simplemente; y la de los otros porque, pudiendo, no han hecho caso a nadie apresurándose en prometer lo que saben que no van a cumplir por mor de conseguir un mejor rédito en las urnas. Todos, sujetos de sus propias contradicciones desde el poder o frente a él. En medio, Doñana, y al otro lado un comité de expertos y una dirección de la estación biológica que predican en el desierto y a los que los políticos ningunean que para eso son ellos más expertos… que los propios expertos. Ni un solo dato científico serio que avale la legalización de unas hectáreas que son el rejón de muerte para un parque que ya anda en parada cardiorrespiratoria. Lo dice Miguel Delibes, reconocido experto y Presidente del Consejo de Participación: que Doñana se seca porque el cambio climático avanza inexorablemente, porque se siguen reduciendo las lluvias (la sequía que padecemos alcanza marcas históricas) y porque a pesar de esta situación, constatada desde hace ya más décadas, se continúa extrayendo agua del subsuelo para usos urbanos y de regadío, restándosela a los acuíferos que alimentan al parque. Pero Delibes no es profeta en su tierra de adopción y la sordera consciente en torno al tema es ya mayúscula. Y eso que nos lo tiene dicho Europa, que ha vuelto a advertir que tomará las medidas que sean necesarias, y hasta el sentido común lo grita a voces: si no hay agua para repartir ¿a qué viene legalizar más hectáreas? El agua que no hay hoy no podrá regar el hambre de mañana y, si Doñana se muere, los regadíos y la actividad de muchos de sus pueblos se irán también al garete. Pero para mañana -dicen- aún queda tiempo, nadie quiere hablar de acuerdos sensatos que les rentan poco y menos en vísperas electorales. Por eso mismo les acuso también: por embusteros, por oportunistas y por cobardes.

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