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Libros del Kultrum edita La banda sonora de nuestras vidas de Jude Rogers, cuyo título original es The Sound of Being Human: How Music Shapes Our Lives. Los dos títulos aciertan. La música es la memoria más fiel de una vida que a la vez también ha moldeado.
Músicas de todos y a la vez solo nuestra, unida para siempre a momentos concretos –a veces decisivos– de nuestras vidas que reviven con una fuerza superior a la de la magdalena de Proust. Músicas que expresan e inspiran formas de vivir y de sentir, anhelos generacionales y personales, impulsando a los más decididos a alcanzarlos. Quien tiene suerte y voluntad es lo que algún día soñó ser oyendo una canción.
Según avanza la editorial, Rogers ha escrito una autobiografía a través de doce canciones que le ayudaron a lidiar con el dolor de la pérdida, forjar su identidad como adolescente solitaria, alimentar sus relaciones reales o imaginarias durante los primeros años de su madurez amatoria o barruntar cuánto le deparaba el futuro.
Este es el poder de la música. Un sentimiento universal que algunos grandes cineastas han utilizado con maestría. Basilio Martín Patino, en Canciones para después de una guerra, recreó con imágenes documentales y canciones de Imperio Argentina, Estrellita Castro, Machín, Juanita Reina, Miguel de Molina, Celia Gámez o Bonet de San Pedro la memoria herida de España. Alain Resnais apeló a la memoria colectiva de Francia con las treinta y seis canciones de entre 1921 y 1995 que cantaban los protagonistas de On connait la chanson. Terence Davies llenó de emoción esa obra maestra autobiográfica que es El largo día acaba con las canciones que encerraban los recuerdos de su vida, desde Stardust de Nat King Cole a la canción victoriana de Arthur Sullivan que da título a la película, Blow the Wind Southerly interpretada por Kathleen Ferrier, At Afternoon de Doris Day, Tammy de Debbie Reynolds o el vals de Carrousel.
Lo que ellos hicieron lo hacemos ahora muchos con las listas de Spotify, creándonos las bandas sonoras de nuestras vidas. En la mía están en feliz batiburrillo las muy dispares canciones y músicas que me han acompañado, alumbrado, emocionado o divertido. Hágase la suya, si no la tiene. No hay memoria más personal y hermosa, más dulce e hiriente a la vez, que la música.
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