De otro color

Juan Pablo Luque Martín

El buen educador

Las experiencias educativas nos hacen ser conscientes de que el título de padres no certifica que estemos en posesión de la verdad

29 de enero 2022 - 01:33

El temor a perder lo que más queremos. O, simple y llanamente, miedo. De lo que espera en un futuro demasiado incierto. Los queremos. Renunciamos a todo por ellos. Y termina siendo como el médico: ¿Mejor el que cura, o el que previene? Y ya no es que no vengan con manual de instrucciones. Es que ni tan siquiera hay fórmulas que aseguren el éxito. Cursos, ponencias, seminarios… enseñan cómo ser buenos padres, los mejores padres. Y luego… luego fracasamos como cualquier otro. El riesgo de vivir continuamente junto al precipicio. El fracaso escolar crece a ritmo agigantado, y ese fracaso no se corresponde con ser rico o pobre, con que hayamos asistido o no a cursos, con que no les falte de nada…

Psicólogos, maestros, pedagogos, policías, magistrados, fiscales… todos dibujan el fracaso educativo. Realizan diagnósticos precisos. Describen con exactitud las consecuencias e inadaptación social provocadas por una deficiente gestión educativa en el ámbito escolar y familiar… pero también todos, sin exclusión, cuando llegan a su casa, en bata y zapatillas, disponen los mismos motivos de preocupación y escasez de soluciones que nosotros. En la búsqueda de lo mejor, sienten el temor a no dar con la tecla adecuada y que todo salte por los aires. Castigan y regañan. Como nosotros. No. No hay manual.

Es ley de vida enseñarlos a vivir. Yo trato de aprender, de decidir con prudencia qué ámbitos requieren cada vez más de su exclusiva individualidad, qué otras decisiones deben paulatinamente incorporarse a su proceso de maduración, cuáles deben continuar aún mediatizadas por sus padres. En eso debiera consistir educar, en encontrar un adecuado equilibrio a un proceso esencialmente cambiante y transformador. El proceso educativo solo puede corregirse y adaptarse a través del conocimiento de diferentes experiencias educativas. Debemos intuir la solución a cada problema desde la complicidad con padres, educadores, agentes sociales. En esta multitud de experiencias educativas, encontraremos herramientas que contribuirán a corregir y moderar nuestros errores y vacilaciones, o cuando menos, a ser conscientes que el título de padres no certifica que estemos en posesión de la verdad. Ese será el escenario. Desde lo más simple del día a día: nuestros pellizcos, las felicitaciones, los juegos, las sonrisas, las regañinas, nuestras reprimendas, los castigos…

Decía Epicteto de Frigia, filósofo grecolatino, que "acusar a los demás de los infortunios propios es un signo de falta de educación. Acusarse a uno mismo, demuestra que la educación ha comenzado". Mirando a mis hijos, se antoja que es un buen comienzo.

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