El mundo de ayer
Rafael Castaño
Todos seguimos perdiendo
Muchos celebramos la moción de censura de 2018 como quien saluda el fin de una asfixia; era el epitafio necesario para un Gobierno anegado en el lodo de la corrupción. Sin embargo, aquel alivio nació ya empañado por la sospecha: mirábamos de reojo a unos compañeros de singladura cuya lealtad era, cuando menos, mercenaria. No podíamos prever que el trayecto resultaría interminablemente agónico, donde los socios no reman, sino que ponen zancadillas, y donde la corrupción presente es tan turbia como la que se pretendió extirpar. Para quienes no somos siervos de unas siglas, sino náufragos de la coherencia, el espectáculo es desolador. El sentido común exigiría una convocatoria de elecciones o, en su defecto, una remodelación quirúrgica de un gabinete que no funciona. Los presupuestos son hoy un mito literario, las denuncias por acoso y negligencias afloran a ritmo diario y la gestión se ha convertido en un ejercicio de supervivencia personal. Nos hallamos, probablemente, ante el Gobierno más desastroso de nuestra democracia: aquel experimento Frankenstein que advertí desde el primer minuto no ha servido para otra cosa que para alimentar, con sus derivas y cesiones, el vientre de la ultraderecha. ¿Qué cabía esperar de alianzas con partidos ultranacionalistas que desprecian el bien común del socialismo real? En esta España esquizofrénica, ejercer la crítica desde el rigor intelectual te condena al ostracismo: si no aplaudes el desatino, el dogma oficial te etiqueta como «facha». Hagamos balance del desastre. Del esperpento de las mascarillas pasamos a la tragedia de Valencia, donde cientos de vidas se perdieron bajo el lodo de la incompetencia.
El presidente, en un alarde de escapismo, se lavó las manos para volcar la responsabilidad sobre un subordinado que debería estar ya sentado ante un tribunal. Cada descarrilamiento ferroviario engendra una nueva crisis donde las dimisiones brillan por su ausencia; nadie sabe cómo el líder sale indemne de los escenarios más escabrosos, pero el país paga el precio. Somos la nación de la chapuza: infraestructuras obsoletas que parecen bombardeadas, autovías cuajadas de socavones, una sanidad con colas desesperantes y un mercado inmobiliario que expulsa a los ciudadanos normales mientras protege la impunidad de la okupación. Al final, este vacío de gestión no solo arruina el presente, sino que pavimenta con esmero el camino hacia el abismo de la extrema derecha.
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