El segundo relato

Nadie imaginaba la noche electoral del 28 de abril que llegaríamos a estos niveles de complicación política

De nuevo los optimistas estamos siendo vencidos por la realidad. Nadie imaginaba en la noche electoral del 28 de abril que íbamos a llegar a estos niveles de complicación política. A lo sumo, la falta de un diputado para poder prescindir del independentismo catalán aportaba alguna inseguridad a la investidura. Pero desde ese día todo han sido desencuentros entre los partidos de izquierda que han imposibilitado la elección de un presidente de Gobierno. Y lo peor es que desde el pleno en que se culminó ese fracaso las cosas no han hecho más que empeorar. Ni un solo acercamiento, ni una sola reflexión conjunta que atisbe la posibilidad de un entendimiento. Estamos en el mero tacticismo entre la firmeza y la amenaza, y nadie se siente en la obligación de rebajar la tensión y modular los discursos. Hay un especial interés en poner en primer plano las discrepancias y guardar en el cajón las coincidencias. La fractura producida por el desacuerdo ha ido aumentado hasta parecer insalvable. Aunque en política nada es definitivo hasta que no ha pasado, las ilusiones que para un sector de la población significó el 28 de abril han quedado prácticamente sepultadas en esta maraña de desacuerdos.

Estamos, por tanto, exclusivamente en la batalla por el relato, buscando la justificación de la ruptura y la culpabilización del contrario. Posiblemente los ciudadanos tendrán que determinar cuál será el reparto de culpas en este fracaso en el que ninguno de los dos partidos saldrá victorioso porque, por más que ambos se esfuercen, ninguno puede abordar con claridad el relato más importante; el relato del futuro. No parece que este cúmulo de discrepancias y diferencias que se están aireando estos días se solucionen con una nueva convocatoria electoral ni es previsible que, más allá de aumentar o disminuir escaños, se produzca un vuelco en los resultados por el que se pueda prescindir de la necesidad de entendimiento entre los dos partidos de izquierda. Esa es su gran fragilidad y ese es el gran absurdo. Se iría a unas elecciones sin horizonte, con una gran dosis de resignación y escepticismo, sin el aliciente de crear una nueva situación que no nos lleve al mismo punto de partida. Sin ese segundo relato de como llegar a constituir un gobierno será difícil despertar ilusión en el electorado progresista cuando la otra bancada política, la derecha, ha demostrado que ese problema lo tiene resuelto.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios