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Desde la madriguera

Ignacio del Valle

La senda de las elegantes

Aquí todos enclaustrados en la madriguera y las gatas a sus anchas de patio en jardín. Hacen lo que les sale de los bigotes. No lo dicen, pero nos maúllan mal, como la madre de la novia de Loquillo. Ya sospechábamos que vivían como un diputado a salvo de ERTE. Las mininas son puntuales a la hora de exigir. Les presento a una pareja de perdularias. Trufa, peso medio, mira celeste desde su capa blanca y marrón. A la caricia un pelaje tupido con tacto de una manta zamorana vino de Tolox y es una sibarita que no come sardinas, pero te roba las gambas. Sibi, muy delicada, acogida desde Marbella, silueta de fleco Belle Époque. Ojos verdes grandes como una luz de semáforo. Muy esterilizadas ambas dos. A esta colonia que nos ha domesticado se han apuntado otros dos gatetes a la ración de pienso matinal. Atienden por los hermanos Dalton. Un par de galanes macizos y atrevidos. Presumimos que son descendientes de un Don Gato canalla y macarra al que bautizamos como Amador, por lo de vividor y fornicador. Amador gastó tres vidas en peleas e infecciones y dominaba los tejados con su par de bolas extra. En la madriguera las gatas nos hacen sentir okupas en nuestra propia casa. Que nada altere su sitio y su sueño. Con el confinamiento hemos descubierto que nuestra vivienda es una especie de “senda de las elegantes”. Esta mininada no para de transitar desde la ventana de la cocina a la de la terraza para darse sur garbeos por el vecindario con sus sigilosos caminares esquivos como si les fuesen a multar.

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