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Mitologías Ciudadanas

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De lo sublime a lo ridículo solo hay un paso

La frase suele atribuírsele a Napoleón. Al parecer, tras la debacle de la invasión rusa, cuando el ejército francés volvía derrotado a través de la helada estepa siberiana, con miles de hombres malheridos, enfermos, desnutridos, desmoralizados, el emperador -sabedor del ambiente hostil que se había generado contra él en Francia, donde se reclamaba su abdicación-, abandonó a sus tropas y apresuró el regreso a París. Ciertamente, el ambiente político y social allí no le era propicio. Todo lo contrario. De los 600.000 hombres con los que inició la campaña, regresaban poco más de 100.000. Así, tras la fallida invasión propiciada por aquel genio militar, vencedor de Marengo y de Austerlitz; el hombre que había cambiado la faz de casi todo el continente, idolatrado como una figura sublime en Francia, en Europa, en el mundo…, pasaba a ser en el imaginario colectivo la de un hombre vencido, abatido, humillado: "un ridículo enano ambicioso y cruel"… Poco después, en una carta confidencial al embajador de Varsovia, el emperador dejaba con la frase de marras constancia de su dramático ocaso: "De lo sublime a lo ridículo solo hay un paso".

Y ahora, uno recuerda a ese empresario catalán que pedía la dimisión de una doctora, a la que calificaba de "colonizadora", por "humillar" a una paciente tras haberla atendido en castellano, argumentando -con tono que quería ser sublime- que "este es un país en el que no te puedes morir ni en catalán, y muchos de nuestros abuelos catalanoparlantes las últimas palabras que escucharán serán en la lengua castellana…". Ridículo. Y ahora, uno oye a la inefable Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, argumentando a propósito de la llamada ley de la eutanasia, con tono que quiere ser sublime, que la eutanasia no es un debate "que exista normalmente en la calle" y que "la muerte no es digna, es muerte". Ridículo. Y ahora, uno ve a la portavoz de Igualdad de Vox en el Congreso, Lourdes Méndez, que tras mostrar (legítimamente) su total oposición a la ley de la eutanasia y considerar que la ley invertirá los valores de nuestra sociedad y nuestra constitución, pues convertirá al estado en una máquina de matar y a los médicos en verdugos cómplices que prostituirán la profesión - ¡y se quedó tan pancha!-, apelar a los grupos parlamentarios que apoyan a la susodicha ley, con tono que quiere ser misericordioso y sublime, con un "¡Que Dios les perdone!". Patético.

Sí, patético. Cuando se trata del tema de la muerte, pero no de la muerte en abstracto, sino de la muerte del que a ella clama como alivio de unos males que no cesan, insoportables, sin futuro. Patético, cuando se refiere a una ley que pretende regular el derecho a morir sin dolor y sin sufrimiento, con dignidad, cuando ya el saber médico no puede prestar otro consuelo, con todas las garantías clínicas, éticas y legales, salvaguardando la razón del paciente de posibles intereses espurios, ya sean políticos, familiares, económicos…Sí, patético, grotesco, ridículo. Algo tan serio, tan profundamente humano y misericordioso, merece mejor trato, menos edulcorada y farisaica demagogia populista, incluso cuando -legítimamente- no se esté de acuerdo.

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