Suspirar a tiempo

24 de febrero 2026 - 03:10

Tengo un familiar que se ha quitado de las noticias y que no entra en internet porque no le sale. Alega legítima defensa. Por las tardes coge un libro y se va al campo. Generalmente se admira lo contrario, que la abuela tenga WhatsApp, se deje subir a Instagram, se jame las tertulias vespertinas y mande en la tal Alexa. Si me dan a elegir uno de los extremos, prefiero el beatus ille de mi familiar. Lo hace –arguye– para que no se le agrie la leche, le achicharren la sangre ni le dé todo tanta vergüenza. Los integraditos rechistarán que mi pariente, el muy cateto, está volviendo la espalda al ágora y al foco, a tribunas expertas, al momento histórico y –es una pena– a lo que ellos mismos digan. De paso se ahorra un estado mental en horror vacui y un estado anímico de pena.

Ya no es –no solo– que a la construcción informativa de la realidad (vulgo, “el relato”) se le esté viendo el cartón, mezcle lo grave con la nadería, y esté infestado de conceptos precocinados (therians, boomers, rojipardo, woke…) que dan fatiga. Es que, además, la posibilidad que brindan las redes de hacerse cada cual su propia peli y propagarla como verdad e identidad nos sumerge, no en la vida y pensamiento de cada cual sino en los rollos de autorrepresentación que se monta en el coco. Conviene recordarlo: 1. Somos lo que comemos, besamos, escuchamos, zapeamos, escroleamos. Al elegir, nos elegimos. Y 2. Por suerte, no somos –tan altos, tan listos ni tan humildes– lo que nos creemos que somos. Moraleja: más vale cuidarse. Y hacérnoslo mirar.

Hoy pensaba escribirles sobre alguna de esa carnaza que nos lanzan desde arriba para que nos despedacemos (batalla cultural, lo llaman), de esas que para desactivar su zafiedad toca hilar fino, quizá para nada. Pero durante el sueño nocturno se ha apoderado de mí la urgencia –física– de no entrar al trapo, doblar la esquina de esta columna y salir fuera a tomar aire y constatar que la vida son –sobre todo– otras cosas. La cosmovisión y el ánimo que nos procuran medios y redes es cada vez más irrespirable. Quizá por eso el accidente de Adamuz nos devastó y reconcilió a la par: nos hizo recordar que, fuera y cerca, hay dolor en ascuas, pero también manos valientes y verdaderas. Saberlo alivia. Dice María Zambrano: “Hay que saber, o recibir más bien, la gracia de suspirar a tiempo”. Ahí estamos.

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