Reflejos de Málaga
Jorge López Martínez
Vox y PP: por separados
No porque sea imposible pactar, sino porque es un error creer que la suma de dos siglas produce automáticamente “un partido mejor”. Mezclar Coca-Cola con Pepsi no crea un refresco superior:crea un líquido confuso, sin identidad, que no satisface a quien buscaba una cosa u otra. En política ocurre igual: el electorado no compra un batido ideológico, vota una visión del país.
En Aragón se ha visto con crudeza. El PP ha ganado, pero ha perdido fuelle y ha quedado más condicionado por Vox; y Vox ha duplicado su representación. . Si alguien en el PP cree que los votos de Vox “le pertenecen”, que mire ese espejo: cuando intentas aislar al otro a base de discursos prestados, lo normal es que el original crezca y tú te vuelvas rehén de tu propia maniobra.
El problema no es solo electoral, es de identidad. Cada partido tiene una cultura política, un tipo de lenguaje y unas líneas rojas. Vox, guste más o menos, ofrece un perfil ideológico nítido. Parte de su base valora una defensa más contundente de la nación, una política migratoria más restrictiva y una reivindicación de lo hispano como vínculo histórico. El PP, en cambio, es un partido de gobierno: más amplio, más pragmático, más dependiente de mayorías sociales transversales.
Además, la idea de “integrar” a Vox diluyendo sus mensajes es una lectura del votante. Quien se va a Vox no lo hace por un matiz sino por una jerarquía distinta de preocupaciones. Si el PP intenta copiar esas banderas sin asumir sus consecuencias, el electorado percibe oportunismo. Y si las asume, pierde a quien le pide moderación y gestión. La política no es absorción: es representación. Con límites claros.
Por eso es infantil pensar que se puede contentar a todo el mundo con un mismo guion. Cuando el PP se “voxiza” para arañar papeletas, suele acabar regalando credibilidad al original. Y cuando se refugia en el centrismo táctico, confirma a Vox que el PP no se atreve a sostener ciertas posiciones cuando llega la hora de la verdad. Resultado: confusión en casa propia y estímulo en casa ajena.
La receta razonable es otra: separación clara, competencia franca y pactos transparentes cuando hagan falta. Dos partidos con identidad pueden cooperar sin fingir que son el mismo. Lo contrario solo produce ruido, incoherencia y, al final, más fuerza para quien parezca más coherente con lo que promete. Y que la ciudadanía sepa ya qué compra: programa límites y coste político del acuerdo.
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