Tribuna

Claudio Alvarez Pinochet

Unidad de Reproducción Centro Gutenberg

Ahora más que nunca, nuestro mundo se merece y necesita a los niños

El director médico de la Unidad de Reproducción Asistida del Centro Gutenberg recuerda que la infancia es el futuro e insta a no dejar que el Covid "nos lo robe"

Claudio Álvarez. Claudio Álvarez.

Claudio Álvarez. / M. H.

La Declaración sobre los Derechos del Niño se aprobó en 1959 por parte de las Naciones Unidas por iniciativa de Unicef, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia. A partir de 1975 los esfuerzos se centraron en la creación de una nueva declaración, que finalmente se firmó en el año 1989 en la sede de la ONU y se llamó Convención sobre los Derechos del Niño, cuyo principal postulado es: “El niño y la niña son reconocidos como seres humanos que deben ser capaces de desarrollarse física, mental, social, espiritual y moralmente con libertad y dignidad”.

El derecho a la igualdad, a una protección especial, a la alimentación, vivienda, asistencia médica, a la educación, actividades recreativas, al amor y comprensión de los padres, etc… Son algunos de los derechos del niño que celebramos cada 20 de noviembre. Y digo bien, “celebramos”, porque es un día para celebrar por todo lo conseguido y también para llamar la atención y dar voz a la infancia más desfavorecida, es nuestro deber.

La infancia es una etapa tan intensa como breve, de la que guardamos algunos, no demasiados, recuerdos y que nos marcará durante toda nuestra vida. Es responsabilidad de todos nosotros, como adultos, cuidar de nuestros niños, respetarles, escucharlos, educarles, darles herramientas y valores para afrontar la vida y hacer de su infancia ese recuerdo fantástico e imborrable que los acompañará en su vida adulta.

Estamos viviendo momentos duros. La pandemia por COVID-19 ha cambiado nuestra forma de relacionarnos con los demás. Los niños no han sido ajenos a ello dándonos una gran lección: capacidad de adaptación y resiliencia. Algo con lo que no se nace, sino que se aprende. Adaptación y resiliencia, ausentes a niveles preocupantes en muchos de los adultos de nuestro mundo actual.

Muchos de nuestros niños han perdido a sus abuelos, otros llevan mucho tiempo sin verlos, sin poder besarles ni abrazarles. Tuvieron que interrumpir sus clases en las escuelas y dejar de relacionarse con otros niños, ver sus parques y zonas de entretenimiento cerradas. ¿Es todo esto fácil para un niño? ¿Cómo influirá en su desarrollo? ¿Formará esta pandemia parte de ese recuerdo imborrable? Es nuestra responsabilidad guiarles y hacer de estos momentos una de las mejores etapas de su vida y demostrarles que la humanidad es capaz de aprender de sus errores, de ser empáticos, solidarios y responsables de nuestro entorno.

Laboratorio del Centro Gutenberg. Laboratorio del Centro Gutenberg.

Laboratorio del Centro Gutenberg. / Javier Albiñana

¿Qué sería de un mundo sin niños? Nuestros niveles de natalidad son de los más bajos de Europa y sin duda se van a ver afectados aún más con esta pandemia. A nivel mundial, aproximadamente el 0,3% de todos los bebés que nacen cada año son concebidos mediante técnicas de reproducción asistida. Esto se traduce, según estimaciones de cálculo conservadoras, en unos 400.000 niños nacidos al año gracias a la reproducción asistida a nivel mundial.

La fertilidad no espera, el reloj biológico reproductivo no se detiene. El tiempo siempre juega en contra. La paralización prolongada de los servicios sanitarios que ofrecen tratamientos de fertilidad, tanto en el ámbito público como en el privado, fue y es perjudicial para el pronóstico de los pacientes de reproducción asistida. Postergar los tratamientos no solo disminuye la natalidad global a mediano plazo, si no que también disminuye las expectativas de éxito inmediatos en una proporción no menor de pacientes con problemas de fertilidad, especialmente en mujeres mayores de 38 años.

Por otro lado, mujeres y varones afectados por cáncer y que necesitan un tratamiento inmediato y que posiblemente su fertilidad se vea afectada después de una cirugía, radioterapia o quimioterapia, requieren procedimientos urgentes para preservar su fertilidad. La congelación de semen, la vitrificación de ovocitos o embriones podrían representar la única oportunidad de obtener un embarazo una vez finalizado el tratamiento contra su enfermedad oncológica. Por esto las técnicas de preservación de fertilidad, salvo excepciones, no deben ser postergadas.

El número de bebés que en condiciones normales nacerían gracias a los tratamientos de reproducción asistida y que no lo harán por diferentes medidas de bloqueo o paralización e incluso por el miedo, puede ser igual de importante como el número total de muertes atribuidas a la pandemia COVID-19.

Por ello, debemos mantener la mente abierta y guiarnos por lo que vivimos actualmente y no por el miedo a lo que podría ser. Siguiendo el consejo de la Sociedad Española de Fertilidad (SEF), ante la duda sobre si comenzar o retomar un tratamiento, hay que informarse bien, de primera mano y consultar con el especialista. Desde hace años, los centros de reproducción asistida españoles cuentan con experiencia en el manejo de pacientes con patología infecciosa, como SIDA, hepatitis B y C, lo permite trabajar con las máximas medidas de seguridad ya probadas y que sirven para enfrentar en forma segura los tratamientos de fertilidad en tiempos de coronavirus.

La pandemia ha paralizado o ralentizado nuestra sociedad a niveles nunca vistos en décadas. Como nunca, miremos a nuestros niños y niñas. ¿Qué hacen cuando se caen de la bicicleta? Algunos lloran, se levantan, se sacuden el polvo y vuelven a montar en sus bicis, y vuelven a sonreír. Así mismo, en tiempos de pandemia los adultos debemos levantarnos, sacudirnos y seguir, por nuestros niños. Nuestro mundo se merece y necesita a los niños. La infancia de hoy es nuestro futuro. No dejemos que COVID-19 nos lo robe.

 

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