La inclusión educativa se ha convertido en uno de los grandes retos del sistema escolar andaluz. Desde hace más de una década, las administraciones educativas han impulsado leyes, programas y recursos con la intención de garantizar que ningún alumno quede al margen del aprendizaje. Sin embargo, la realidad cotidiana de muchos centros demuestra que aún estamos lejos de alcanzar una inclusión efectiva. Andalucía debe enfrentarse al reto de transformar la teoría en práctica y los discursos en hechos. Durante los últimos años, se han producido avances significativos. El porcentaje de alumnado con necesidades educativas especiales integrado en aulas ordinarias supera el 89%, y el número de profesionales especializados –orientadores, maestros de pedagogía terapéutica, audición y lenguaje o técnicos de integración social– ha crecido notablemente. A ello se suma el desarrollo de planes de atención a la diversidad y la creación de aulas específicas, que han permitido visibilizar la riqueza y pluralidad del alumnado andaluz. Estos logros no son suficientes para una apuesta política por la equidad y la inclusión. No obstante, más allá de las cifras, la realidad educativa andaluza refleja carencias estructurales que limitan una verdadera inclusión. Uno de los principales problemas es la falta de recursos materiales y humanos suficientes. En numerosos colegios e institutos, un solo profesional de orientación atiende a varios centros o a cientos de alumnos, dificultando una intervención personalizada. Las ratios elevadas, especialmente en zonas urbanas, impiden ofrecer la atención individual que requiere el alumnado con necesidades específicas. Otro de los grandes desafíos es la formación del profesorado. Aunque la sensibilidad hacia la diversidad ha aumentado, la formación inicial y continua en metodologías inclusivas sigue siendo desigual. Muchos docentes se enfrentan a situaciones complejas sin herramientas pedagógicas adecuadas, lo que genera frustración y sensación de impotencia. La inclusión no puede depender de la buena voluntad del profesorado, sino de una política sólida de apoyo y acompañamiento. La brecha territorial es otro obstáculo persistente. En los entornos rurales, donde las distancias y la falta de especialistas complican la intervención, la igualdad de oportunidades se resiente. Hay escuelas unitarias con recursos mínimos y sin apoyo especializado estable. Esta desigualdad territorial contradice el principio de equidad que la inclusión pretende garantizar. También la burocracia actúa como freno. La carga administrativa que soportan los equipos docentes y directivos consume tiempo que debería destinarse a la atención directa del alumnado. La inclusión requiere flexibilidad, trabajo en equipo y espacios de coordinación, pero la realidad impone procedimientos rígidos, informes y plazos que a menudo ahogan la innovación pedagógica. A todo ello se suma la necesidad de mayor coordinación entre los ámbitos educativo, sanitario y social. La atención integral de los niños y adolescentes con diversidad funcional, trastornos del desarrollo o situaciones socioeconómicas difíciles exige una acción conjunta que hoy no siempre se produce. Las familias, en muchos casos, se ven obligadas a ejercer de mediadoras entre servicios que no dialogan entre sí. A pesar de estas dificultades, la participación de las familias y asociaciones ha sido un motor esencial para el cambio. Colectivos como Aspanri, Autismo Andalucía, Down Sevilla o la ONCE han impulsado proyectos de sensibilización y apoyo que sirven de ejemplo. Su implicación demuestra que la inclusión solo es posible cuando toda la comunidad educativa se siente parte del proceso. La educación inclusiva no es una moda ni un eslogan; es una cuestión de justicia social. Supone reconocer que cada alumno tiene derecho a aprender y desarrollarse en condiciones de igualdad, pero también a ser diferente. La escuela del futuro no será inclusiva solo por acoger a todos, sino por ofrecer a cada uno lo que necesita para alcanzar su máximo potencial. El camino recorrido en Andalucía ha sido insuficiente. Urge revisar los modelos de gestión, reforzar la dotación de personal, equilibrar los recursos entre zonas y, sobre todo, formar a los docentes para que la inclusión sea una realidad cotidiana. Solo así podremos decir que la escuela andaluza es realmente un espacio para todos y todas.