El amor de Lucio
En Antequera hay una hora precisa en la que el perfil de la Peña de los Enamorados adopta la forma nítida de un rostro que duerme
Un encuentro feliz
En Antequera hay una hora precisa en la que el perfil de la Peña de los Enamorados parece respirar. Es al caer la tarde, cuando la luz se vuelve ámbar y las torres barrocas se incendian suavemente antes de apagarse. Entonces la roca adopta la forma nítida de un rostro que duerme, y quien lo contempla siente que bajo esa frente pétrea laten historias que no han terminado de contarse.
Lucio aprendió a mirar la peña antes incluso de aprender a nombrarla. Desde su llegada, escuchó la leyenda que los antequeranos le repetían como si fuera una verdad histórica: que en los días convulsos en que Antequera era frontera viva entre Castilla y el Reino nazarí de Granada, cuando los ejércitos cristianos avanzaban bajo el mando de Rodrigo Ponce de León y otros capitanes que soñaban con conquistar la plaza, una joven musulmana de linaje noble, Tazgona, hija de Ibrahim al-Qaysi, alcaide de la fortaleza y servidor leal del sultán granadino, fue hecha prisionera durante una escaramuza en la vega.
En las mazmorras coincidió con un caballero cristiano, don Tello de Aguilar, segundón de una casa castellana, cautivo tras caer herido en una emboscada cerca de Archidona. Sus familias eran enemigas, sus credos irreconciliables, sus destinos opuestos. Los al-Qaysi juraban fidelidad a Granada; los Aguilar habían prometido su espada a Castilla. Entre ambos linajes corría sangre reciente. Y, sin embargo, el amor creció entre Tazgona y don Tello como una flor obstinada en la grieta de la muralla.
Bajo el cielo tenso antequerano, entre rezos en árabe y campanas cristianas que ya comenzaban a oírse en los campamentos sitiadores, Tazgona y don Tello se juraron un amor imposible. Se encontraban en la penumbra, hablaban en susurros mezclando palabras de dos lenguas, y en cada roce de manos desafiaban no solo a sus padres, sino al curso entero de la Historia.
Cuando la ciudad estuvo a punto de caer y comprendieron que jamás podrían ser aceptados ni por los suyos ni por los otros, que para unos ella sería traidora y para otros él sería infiel, huyeron hacia la montaña que vigila la llanura. Subieron entre jaras y piedras, perseguidos por soldados de ambos bandos que gritaban sus nombres como si fueran blasfemias. En la cima, el viento les golpeaba el rostro. Abajo, la vega se extendía inmensa, indiferente al drama humano. Se abrazaron con la certeza de que el mundo no les concedería un lugar. Y eligieron la eternidad antes que la separación. Se arrojaron al vacío fundidos en un solo gesto. La roca, según dicen, adoptó para siempre el perfil de su descanso, como si la montaña hubiera decidido guardar en su frente el secreto de aquel beso final.
Lucio escuchaba esa historia como quien escucha una advertencia. No sabía entonces que las leyendas no solo narran el pasado: también presagian el porvenir. En el instituto conoció a una preciosa niña, compañera suya, a la que él llamó “Flor Silvestre”, porque era luminosa y tierna como las amapolas o las margaritas que brotan en la vega tras la lluvia. La primera vez que cruzaron miradas fue en el patio desde donde se divisaba la peña. El viento movía el cabello de ella y, por un instante, la montaña pareció inclinarse para observarlos.
Antequera, mientras tanto, desplegaba ante ellos todas sus edades. Bajo sus pasos se superponían siglos. Pasaban junto a iglesias levantadas tras la conquista cristiana de 1410, cuando las antiguas mezquitas fueron consagradas y la ciudad comenzó a renacer bajo nuevos símbolos. Ya renacentista surgieron palacios de fachadas proporcionadas y patios de columnas serenas, donde el mármol y la cal dialogaban con la luz andaluza. Y después el Barroco, exuberante y teatral, cubrió los altares de oro, elevó cúpulas pintadas y levantó campanarios que competían por tocar el cielo, como si la ciudad quisiera redimirse de su pasado fronterizo con una explosión de belleza.
En las tardes de estudio, Lucio y “Flor Silvestre” recorrían esas calles como si caminaran por el libro de la historia: la piedra dorada, las rejas forjadas, los patios donde el agua repetía un murmullo antiguo. En alguna esquina hubo algún beso furtivo con la inocencia de quienes creen que el amor basta para vencer cualquier frontera. Su amor creció sin violencia, pero con una intensidad que a Lucio le parecía sagrada. Le escribía versos torpes, soñaban viajes, imaginaban un futuro que, como la vega contemplada desde la alcazaba, se extendía fértil y sin límites. Ella apoyaba su cabeza en el hombro de Lucio mientras contemplaban el perfil de la Peña de los Enamorados, y en ese gesto había una paz que parecía invulnerable. Pero la historia, como la ciudad, no es solo belleza; también es ruptura.
Cuando llegó el final del instituto, el mundo comenzó a reclamarles decisiones. Lucio hubo de marcharse a estudiar lejos. Con ello exploró horizontes más allá de la silueta de la montaña. Flor Silvestre en cambio, sentía que sus raíces estaban entre aquellas piedras centenarias, que abandonar Antequera era arrancarse algo del pecho. La decisión no fue amarga; fue desgarradora. Como el instante en que la luz se retira lentamente de las fachadas barrocas y las deja desnudas ante la noche.
No somos Tazgona ni don Tello, le dijo ella una tarde, intentando sonreír, con los ojos empañados. No, respondió él. Nosotros podemos decidir. Y la elección fue separarse. No hubo persecuciones ni lanzas ni soldados gritando en la ladera. Hubo trenes que partían al amanecer, abrazos tiernos en un andén, promesas pronunciadas con voz temblorosa. Hubo mensajes que se espaciaban con el tiempo, llamadas que se volvían breves, silencios que crecían como muros invisibles.
Flor Silvestre floreció en sus mismos parajes. Lucio alejado, primero en la Universidad y después recorriendo un mundo que le fue alejando y fomentando el olvido. Antequera quedó muy lejos, pero en el fondo nunca dejó de amarla. A veces pensaba que su destino había sido el inverso al de los enamorados legendarios. Ellos eligieron morir para no separarse; Lucio eligió vivir separado, conocer otros mundos, aunque su mente, durante muchos años, le hacía soñar con estar contemplando junto a Flor Silvestre el pétreo perfil dormido de la Peña de los enamorados, como si aquel perfil fuese el de su amada.
La Antequera barroca seguía celebrando procesiones entre incienso y música; la renacentista conservaba su equilibrio en los patios luminosos; la tardomedieval aún susurraba en las piedras de la alcazaba historias de asedios y reconciliaciones. Y en cada época, superpuesta como capas de memoria, estaba el eco de un amor que no llegó a consumarse en promesas cumplidas, pero que tampoco se apagó.
Dicen que, cuando el sol cae y la peña parece cerrar los ojos, el aire se vuelve más denso. Lucio, pasados muchos años, toda una vida, ha entendido entonces que la verdadera eternidad no siempre está en el salto al vacío, sino en la persistencia silenciosa del recuerdo. Que hay amores destinados a no culminar, pero no por ello menos verdaderos. Que la ciudad, como el corazón, puede albergar ruinas, conquistas, renacimientos y excesos barrocos sin perder su esencia. Y mientras Antequera continúa erguida entre siglos, la Peña de los Enamorados sigue vigilando la vega. En la lejanía, un hombre, de vez en cuando, cierra los ojos al atardecer, ve el perfil inmóvil de la roca y vuelve a pronunciar en silencio el nombre de aquella niña que nunca dejó de amar: su eterna Flor Silvestre.
También te puede interesar
Contenido ofrecido por Clínica Crooke