'Balkan cartel', el clan que se asentó en la Costa del Sol para dirigir el narco “con total discreción”

Bandas que asaltaban en alta mar mercantes con cocaína usaban a jóvenes sin recursos: “En una noche pueden ganar 3.000 o 4.000 euros”

Detenido un guardia civil de Cádiz ‘a sueldo’ del narco con 200.000 euros en su trastero

Guardias civiles durante la operación. / EP

“Al final, todos caen”. La frase, esperanzadora, la pronuncia Alberto Morales, jefe de la Brigada Central de Estupefacientes de la Policía Nacional en una entrevista con este periódico, después del último golpe al narcotráfico internacional, con 30 detenidos y la incautación de casi 2.500 kilos de cocaína, con un valor en el mercado de unos 50 millones de euros. La operación, al alimón con la Guardia Civil, ha descabezado a tres poderosas organizaciones criminales y vuelto a colocar a Málaga en el epicentro del mapa mundial de la droga. Esta vez, no como punto de alijo ni escenario de persecuciones marítimas, sino como algo más silencioso: el refugio residencial del Clan de los Balcanes, ahora también piratas que, presuntamente, asaltaban buques mercantes que se dirigen a España para recuperar cargamentos de droga.

Todos sus miembros, serbios, estaban asentados en la Costa del Sol. No se escondían en zulos ni en pisos francos. Vivían en chalets, conducían coches lujosos y llevaban una vida cómoda, casi anodina. Mandaban sin mancharse las manos. La provincia funcionaba como retaguardia estratégica. Un lugar tranquilo desde el que ordenar, coordinar y desaparecer cuando las circunstancias lo marcaban. “Operaban con absoluta discreción. No les gusta desarrollar su actividad delictiva donde residen. Prefieren activarse en otras zonas donde no se ponen tanto en riesgo”, explica el mando policial, acostumbrado a tapar los poros de la droga que entra en territorio español.

La investigación se inició en 2024, tras la incautación de 88 kilos de cocaína en un vehículo en Mijas. A partir de ahí, se detectaron cruces habituales entre las tres bandas, con un mismo fin. Desde Estepona y Fuengirola, los líderes balcánicos se desplazaban puntualmente a Cádiz y Sevilla, donde se ejecutaba la parte más peligrosa del negocio: la introducción de alijos millonarios por vía marítima, con técnicas militares. La logística recaía en una estructura asentada en el Campo de Gibraltar, encabezada por un veterano traficante conocido como El Marquesito, hijo de otro pez gordo y considerado por los investigadores el verdadero líder operativo en el sur. “Se dedicaba sobre todo a la logística de las lanchas rápidas. Conocía perfectamente el entorno y tenía la cobertura de un guardia civil destinado en el Servicio Marítimo de Cádiz.

El patrón se repite, con grupos criminales que usan la Costa del Sol como zona segura

La Policía recuerda los tintes similares que el narco mantiene con cualquier gran empresa, aunque con fines ilícitos. “Buscan maximizar beneficios. Y cuando un intermediario deja de aportar valor, lo eliminan”, resume Morales. El Clan de los Balcanes lo entendió pronto: negociando directamente en origen reducían costes, hacían más caja y controlaban toda la cadena.

La Costa del Sol fue el cerebro de la operación. Allí vivían los principales miembros de la célula serbia, con un nivel de vida elevado que no despertaba sospechas. “Hay tanta gente con alto poder adquisitivo moviéndose en ese entorno que su capacidad económica no llamaba la atención”, apunta el jefe de la brigada.

La investigación ha identificado a un líder claro de la estructura serbia. Un jefe que jamás iba a tocar la droga ni subirse a una lancha. No asumía riesgos. Dirigía todo desde la sombra.

Uno de los aspectos más alarmantes del caso ha sido el uso de asaltos armados a buques portacontenedores, una técnica cada vez más frecuente en el narco internacional. Los llamados micos o trepadores contaminaban los barcos antes de zarpar, atando fardos de cocaína a los contenedores y regresando a tierra en lanchas rápidas. Ya en aguas próximas a Europa, otros miembros del grupo abordaban los buques mediante escaleras, amedrentaban a la tripulación con armas largas y descargaban la droga. En ocasiones, utilizaban la técnica del drop off: lanzaban los fardos al mar para que otras embarcaciones los recogieran después. “Marcan territorio. Enseñan armas para dejar claro que no están bromeando”, advierte el investigador.

Como ejecutores de estas operaciones elegían a auténticos profesionales del mar, expertos en el manejo de lanchas rápidas. Jóvenes con escasos recursos que, en muchos casos, se ofrecían a asumir riesgos. “En una sola noche pueden ganar 3.000 o 4.000 euros”, explica el jefe de la brigada. No hay tarifas fijas: depende del tipo de sustancia, la cantidad y el peligro. Existen mínimos, pero a partir de ahí se negocia. “Prefieren jugarse todo en una operación que ganar un sueldo digno durante meses”, apostilla.

La investigación sigue abierta a la espera de analizar toda la información incautada. Pero el mensaje de la Policía es claro: no basta con detener a los eslabones más bajos. El objetivo es cortar la cabeza. “La prioridad es desmontar la estructura. Después, intervenir la droga”, concluye el experto. Porque pueden esconderse tras chalets y relojes caro. Pero, al final, todos caen.

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