Tenet | Crítica Matando moscas a cañonazos (eso sí, apabullantes)

Robert Pattinson y Bien John David Washington, en una escena de 'Tenet'. Robert Pattinson y Bien John David Washington, en una escena de 'Tenet'.

Robert Pattinson y Bien John David Washington, en una escena de 'Tenet'. / D. S.

Cuando estrenó su incomprendida Satiricón y los críticos se empeñaban –eran los años 60– en encontrar mensajes por los que le preguntaban una y otra vez, Fellini dijo una frase clave para enfrentarse a determinadas películas: "¿Por qué se empeñan en comprenderla en vez de limitarse a verla?". A lo largo de toda su carrera el director buscó la forma más eficaz de expresarse prescindiendo de tramas argumentales lineales, juegos entre personajes y diálogos, confiando a una imagen expresiva no ordenada a lo narrativo lo que quisiera expresar.

Hay una distancia tan abismal entre Satiricón y Tenet como entre Fellini y Nolan, pero la inteligente recomendación de Fellini sirve para ambas películas y ambos directores. Otra cosa es el jugo que se saque a este limitarse a verla, el alimento emocional que se obtenga de entregarse a ella sin entenderla y las claves que ofrezca para la comprensión de lo humano y de la aventura de vivir.

Hay directores que buscan la imagen pura, la esencialidad del cine, como Juan Ramón buscaba la palabra pura de la poesía esencial o como tan perfectamente expresó León Felipe: "Deshaced ese verso. / Quitadle los caireles de la rima, / el metro, la cadencia / y hasta la idea misma. / Aventad las palabras, / y si después queda algo todavía, / eso / será la poesía". Para estos directores el argumento y la trama son un pretexto para montar un discurso visual que presenta el tema de una forma absolutamente visual. Fellini, como Tarkovski, como Kubrick, como Malick, era uno de ellos: buscan provocar sensaciones a través de imágenes no necesariamente sometidas a la lógica de la narración lineal de una historia. Su aspiración es que la película se vea como se oye música o se contempla un cuadro. No deja de ser significativo que Nolan haya expresado su admiración por Malick y que haya dicho de él: "Lo normal es que exista una disociación natural entre el estilo visual y los elementos narrativos. Pero en los grandes directores de cine, Kubrick, Hitchcock, Malick, ves una asociación vital entre las imágenes y la historia que cuentan".

Nada o poco tiene que ver Nolan con estos directores porque carece de su genio. Pero no de talento y fuerza visual. Desgraciadamente –o no: es su elección– las más de las veces se limita a exhibir su musculatura técnica y visual como un culturista en vez de usarla para sugerir, significar, emocionar, transmitir o insinuar algo que vaya más allá del universo del cómic o de líos de esa pseudociencia que en los años 60 y 70 alcanzó su apogeo con El retorno de los brujos y hoy retoza feliz en las redes. Cabe la sospecha de que en muchos casos mate moscas argumentales a cañonazos de imágenes (poderosos, suntuosos cañonazos, eso sí) o que su estilo apabullante recuerde a un elefante de imágenes haciendo equilibrios sobre una pelota de ping-pong temática. Me ha sucedido con su trilogía de Batman, con Origen y en menor medida con la quizás más apreciable Memento. En cambio, me ha convencido con Insomnio, El truco final y sobre todo Interstellar y Dunkerque. Quizás por el desfase entre opulencia visual e ideas o tema en las primeras y el ajuste entre ambas en las segundas.

Tenet pertenece, y de forma desaforada, al primer grupo, el del desfase entre estilo y tema. Grandes asuntos –percepción, experiencia, tiempo, memoria– tratados con un énfasis visual y un uso de los efectos especiales apabullante tras los que sólo se atina a adivinar una película de espías convencional –el agente americano que ha de salvar al mundo de un supervillano ruso– con toques de Terminator, inflada hasta extremos inconcebibles. Curiosamente un personaje repite casi literalmente la frase de Fellini: "No intentes entenderlo, siéntelo".

El problema es que lo que se siente, por muy aplastantes que sean sus imágenes, no compensa el abandono a esa falta de comprensión, no transmite o sugiere nada fuera de esos ininteligibles juegos científicos y filosóficos o pseudocientíficos y pseudofilosóficos. Hará las delicias de quienes creen que no entender algo es la prueba de la complejidad y hondura de la obra y de su propia inteligencia al apreciarla (de alguna manera son los hijos y nietos millennials o generación Z de quienes adoraron El año pasado en Marienbad). Interesará a quienes disfruten con los avances de la técnica y los alardes visuales. Apasionará a quienes gustan de juegos esotéricos o hipótesis más o menos científicas. Aburrirá a quienes le pidan que les cuente una historia.

Bien John David Washington y muy bien Robert Pattinson, aunque es Elizabeth Debicki quien se lleva el único personaje con cierta vibración humana. Kenneth Branagh y su histriónico personaje crean una desasosegante familiaridad con su papel en Jack Ryan: Operación Sombra. La presencia breve de ese amuleto que para Nolan es Michael Caine siempre se agradece. El mayor valor de Tenet es ser el primer gran título –grande en potencia de imágenes y sonido, en presupuesto, en ambición y en expectativas de taquilla– que se estrena tras el terrible golpe que la pandemia ha supuesto para la industria, especialmente para la exhibición. Este mérito le hace ganar su cuarta estrella. Ojalá marque un retorno.

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