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Athanasius Kircher | Crítica Una persuasiva fantasmagoría

  • Siruela reedita el espléndido 'Itinerario' visual de Ignacio Gómez de Liaño a través de la obra de Athanasius Kircher, una cumbre del Barroco que aúna el arte, la imaginación y el conocimiento

Athanasius Kircher (Fulda, Hesse, 1602-Roma, 1680) en un grabado de Cornelis Bloemaert (1665). Athanasius Kircher (Fulda, Hesse, 1602-Roma, 1680) en un grabado de Cornelis Bloemaert (1665).

Athanasius Kircher (Fulda, Hesse, 1602-Roma, 1680) en un grabado de Cornelis Bloemaert (1665).

Al contrario que la de otros grandes eruditos de la edad posterior al Renacimiento, y pese al rastro no menor que ha dejado en la historia de la cultura, la heterodoxa figura del jesuita alemán Athanasius Kircher no ha tenido una recepción tan incontestable como la de otros pioneros de la ciencia, dado que su contribución al ámbito de las disciplinas experimentales se alternó con muchas otras en las que no tuvo inconveniente para asumir toda suerte de especulaciones, ensueños y teorías indemostrables o abiertamente engañosas. Kircher fue en este sentido un hombre de transición y parte de su atractivo reside en su condición fronteriza, a caballo entre un orden que todavía aspiraba al conocimiento universal y otro en el que los sabios, conscientes de lo inabarcable de un propósito semejante, se replegaron sobre parcelas acotadas. Su interés por la alquimia y lo fantasioso de sus ideas, que a veces se revelaron visionarias y otras incurrieron en el desvarío, han hecho por otra parte que su nombre fuera invocado como autoridad por un buen número de admiradores, digamos, estrafalarios, presuntos iniciados, teósofos, modernos devotos de las ciencias ocultas, que no han ayudado a renovar el prestigio del humanista y acaso han rebajado su estatura al asociarlo en exclusiva al terreno del esoterismo. Pero hablamos de un grande que lo fue por muchas razones.

Ignacio Gómez de Liaño (Madrid, 1946). Ignacio Gómez de Liaño (Madrid, 1946).

Ignacio Gómez de Liaño (Madrid, 1946).

En manos de Kircher, afirma Gómez de Liaño, "la ciencia cobra caracteres de fantasía poética"

Inencontrable desde hacía años, pese a haber sido reeditado en varias ocasiones y distintos formatos desde la primera edición de 1985, el recorrido de Ignacio Gómez de Liaño por la magna obra de Kirchner se abre con una breve pero enjundiosa monografía y dedica el resto de sus páginas a glosar las espléndidas láminas –la calidad y el tamaño de las reproducciones, algunas desplegables, los materiales empleados y el cuidado de la composición convierten el volumen en una referencia de alto valor bibliográfico– que conforman el corpus iconográfico donde el autor representó su visión del mundo. Visual, de hecho, es el Itinerario donde el editor compendia las imágenes de un saber universal, ambicioso empeño que Kircher no podía culminar con éxito, porque sus presupuestos eran erróneos y porque tal objetivo parece por definición inalcanzable, pero sí supo plasmar en un fascinante repertorio de figuraciones referidas a las más variadas materias. Puede que los puntuales aciertos del polígrafo –el primer tratado de sinología, la descripción de los volcanes a pie de roca, las intuiciones sobre la lengua copta o la aportación al estudio de la peste– no compensen de los dislates, pero pocos estudiosos de su tiempo pueden igualar el despliegue gráfico que acompañó sus publicaciones. Acompañados de las esclarecedoras glosas de Gómez de Liaño, impresas en tinta azul, los más de quinientos grabados recogidos en esta edición –casi todos los que ilustraron sus obras– reconstruyen la fabulosa cosmovisión de Kircher de la mano de su exuberante imaginario.

Su afán enciclopédico no tenía límites y se vio acompañado de la pasión coleccionista

Ensayista polifacético y también heterodoxo, Gómez de Liaño destaca y celebra en Kircher la vocación de universalidad frente a la tendencia a la especialización, más acusada que nunca en nuestro tiempo. En sus manos, afirma el prologuista, "la ciencia cobra caracteres de fantasía poética, sin por ello perder los rigores lógicos que le son inherentes", no incompatibles con un cierto "talante lúdico" que se aprecia especialmente en el diseño de toda clase de artefactos. Aun sin abandonar la filiación romana, el soldado de Jesús se inscribía en esa "corriente oculta del Renacimiento" que se preciaba de haber rescatado la sabiduría mistérica de los antiguos –supuestamente compartida por todas las civilizaciones– y combinaba los procedimientos de la ciencia con el uso de un lenguaje simbólico y el recurso, favorecido por la extensión de la imprenta, a la emblemática como forma de conocimiento. No extraña por ello su obsesión por el desciframiento de los jeroglíficos, las conjeturas cabalísticas y la búsqueda de una lengua universal, terrenos en los que sus intrincadas teorías no tendrían resultados aprovechables.

Linterna mágica, grabado incluido por Kircher en 'Ars magna lucis et umbrae' (1646). Linterna mágica, grabado incluido por Kircher en 'Ars magna lucis et umbrae' (1646).

Linterna mágica, grabado incluido por Kircher en 'Ars magna lucis et umbrae' (1646).

Distribuidos en secciones dedicadas al Arca de Noé, la Torre de Babel, el Lacio o Reino de Saturno, la China, el antiguo Egipto, la música, el magnetismo, la óptica o el mundo subterráneo, por citar sólo algunos de los temas mencionados en los títulos, los grabados de Kircher proceden de los más de cuarenta libros en los que volcó sus profusas inquisiciones sobre disciplinas como la historia, la arqueología, la arquitectura, la filosofía, la religión, la mitología, la geografía, la lingüística, la numerología, la astronomía, la mecánica, las matemáticas, la zoología, la geología o la medicina. Orientado en todas direcciones, su afán enciclopédico no tenía límites y se vio previsiblemente acompañado de una pasión por el coleccionismo característica de su época, la de los gabinetes de curiosidades en los que los espíritus inquietos reunían los objetos recuperados por los anticuarios o procedentes de los viajes que difundían los descubrimientos geográficos. Kircher erigió una formidable construcción que precisaba de conexiones o correspondencias imaginadas y a menudo caprichosas para cohesionarse en un discurso unitario, a la vez una filosofía de validez universal –de fuerte impronta neoplatónica, con elementos pitagóricos, herméticos e incluso aristotélicos– y un sistema de interpretación de la realidad mundana que no se oponía a la revelación divina ni negaba el trasfondo religioso, a su juicio igualmente compartido.

El jesuita brilla en su obra con una luz extraña y cautivadora, a la vez ingenua y sofisticada

Sin olvidar a ilustres predecesores como Giordano Bruno, Robert Fludd o Raimundo Lulio, ni a discípulos célebres como el joven Leibniz, Gómez de Liaño compara la desmesurada figura intelectual del jesuita a las de los exploradores transoceánicos que en el mismo siglo XVII se propusieron llegar a todas las regiones del globo. Por la amplitud y diversidad de sus intereses, por la paradójica combinación de saberes técnicos y creencias sobrenaturales o meras supercherías, por la inabarcable versatilidad de sus capacidades como estudioso, fabulador y medio mago, Kircher brilla en su obra con una luz extraña y cautivadora, a la vez ingenua y sofisticada. Pero su abigarrada galería de imágenes no deja de reflejar, como también apunta el comentarista, la incipiente mundialización de la era del Barroco, recreada por el artista –que a su modo también lo fue– "con la vivacidad de una persuasiva fantasmagoría".

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