Feria de Málaga Se acabó lo que se daba: por una anticipación del otoño

  • La Feria registró una última jornada a rebosar, con todos los ingredientes propios de la despedida y algunas impresiones finales a modo de balance

Se acabó lo que se daba: hasta el año que viene. Se acabó lo que se daba: hasta el año que viene.

Se acabó lo que se daba: hasta el año que viene. / Marilú Báez (Málaga)

De repente, la Feria del centro adquiere un tono blanquiazul. En más de una cabeza la jornada se presenta como el plan perfecto: vamos al lío, nos ponemos hasta arriba, bailamos, apuramos y después nos vamos al partido. En cierto adeene malaguita, la confluencia Feria /Rosaleda ejerce una capacidad de hipnosis digna de villano de Star Trek. Faltaría el elemento Procesión para que el trinomio quedara completo, pero ya advirtieron The Rolling Stones de que no siempre podemos tener todo lo que queremos. Así que la de ayer fue la última de Feria con los hoteles a rebosar de madrileños, catalanes, valencianos, franceses, alemanes y brasileños dispuestos a participar de la gran despedida, del entierro de todas las sardinas, de la resurrección de todos los mesías, pero por más que la fiesta pareciera a veces un campamento desmadrado de la ONU o una recreación de la antigua tragedia babilónica dirigida por Tinto Brass predominaron, aleluya, los colores del equipo local, la médula trinitaria y perchelera, el rollo más perita y la esencia merdellona, todo servido sin ápice alguno de carne mechá, aunque algunos denunciaban por las redes que en ciertas casetas del Real servían la cerveza en vasos de Cruzcampo sobrantes de la Feria de Abril, que también es mala suerte. De cualquiera manera, y conforme a lo esperado, la última jornada de la edición más larga de la historia de esta Feria, la de Agosto, brindó todos sus ingredientes en un éxtasis sin medida, en una celebración catártica en la que todos quienes participaban, llegados lo mismo de Murcia que de San Francisco, quedaban adheridos y ganados a la causa malagueña, porque aquí la hospitalidad se practica desde los fenicios a base de parasitación. Daba la impresión de que en el centro sonaban más verdiales que nunca, más sevillanas que en los diez días anteriores, más palmas y más compás que en cualquier otro rincón del planeta, con trajes de gitana y de chaqueta, de corto y con chándal, con chanclas o con botas. La Feria Mágica de la calle Alcazabilla se quedó igualmente pequeña, como las plazas de Mitjana, La Merced, Las Flores y del Obispo para los conciertos programados. Por cierto, alguien debería otorgar alguna condecoración especial a la Free Soul Band y a Mr. Proper por haber mantenido bien álgida la fiesta durante tantos días seguidos. Por más que la fuente de la Plaza de las Flores haya servido, inapropiadamente, de tribuna fresquita cuando hubiera merecido un mayor respeto y protección.

No hay un final señalado para las charangas mientras dure la fiesta. No hay un final señalado para las charangas mientras dure la fiesta.

No hay un final señalado para las charangas mientras dure la fiesta. / Marilú Báez (Málaga)

También el Real vivió una jornada espléndida ya desde el mediodía, con casetas llenas, caballos y enganches, festivales de flores en el pelo, degustaciones gastronómicas bien diversas y ya por la tarde el órdago definitivo para los carricoches que fue aprovechado sin reservas, como correspondía, por grandes y mayores. Mientras tanto, el centro acogía el último botellón con los últimos excesos, las últimas acumulaciones de basura, los últimos portales agredidos, los últimos vidrios rotos, las últimas pistas de patinaje, las últimas ambulancias y las últimas consecuencias indeseables que durante diez largos días han soportado tanto los vecinos como cualquiera que desease internarse por estas calles a partir de las siete de la tarde sin la intención de agarrar una cogorza. Sostiene en su municipal balance el alcalde, Francisco de la Torre, que el botellón ha quedado este año más controlado y reducido; en realidad, su comportamiento ha ido en correspondencia con el de una Feria tan larga, en la que inevitablemente se han contado bastantes paréntesis y tiempos muertos con la actividad concentrada en los tramos, digamos, previsibles. Así que, en el fondo, de esta Feria podemos decir como el Eclesiastés: nihil novum sub sole. Que el Ayuntamiento recule y rechace la normalización de los diez días para futuras ediciones puede entenderse como una forma de admitir que el invento no ha dado este año los resultados deseados, por más que cuadren las cuentas (las cuentas siempre cuadran, eso ya lo sabíamos) y por más que ciertos días haya cundido la sensación de una Feria más tranquila: para vecinos y comerciantes, la invinculación es la misma cada día que pasa se reúnan en el centro dos mil personas más o menos. En cualquier caso, el modelo actual parece más que justificado a tenor de las intenciones manifiestas por la entidad organizadora. Así que en 2020 seguiremos teniendo más de lo mismo. Para bien y para mal.

En cierto adeene, la confluencia Feria / Rosaleda ejerce gran capacidad de hipnosis

Queda a partir de ahora el sosiego con la convicción, al mismo tiempo, de que la Plaza de Uncibay y su entorno seguirán acogiendo poco más o menos la misma fiesta durante lo que quede de verano, y bastante más allá, aunque sin botellón. El parte meteorológico anuncia una notable bajada de temperaturas y lluvias a partir del lunes, lo que encaja con cierta justicia poética. El cuerpo pide castañas. Pena de tiempo si no es otoño.

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