Punto de vista

Diálogo de sordos

Alfombra roja y ambiente previo en la calle Alcazabilla, este jueves. Alfombra roja y ambiente previo en la calle Alcazabilla, este jueves.

Alfombra roja y ambiente previo en la calle Alcazabilla, este jueves. / Javier Albiñana (Málaga)

SENTÍA mucha curiosidad por ver Asamblea. Su visionado me ha sido de sumo provecho. Sigo a Álex Montoya desde que empezó a pasear sus cortos. Siempre le valoré como uno de los grandes cineastas valencianos. En las entrañas de Lucas vi el germen de un largo. Sin embargo, antes se ha colado la adaptación de la obra teatral La gent, que muestra las dificultades comunicacionales en nuestras relaciones cotidianas.

Recomendaría Asamblea por muchos motivos. Pero hay uno sobresaliente. La película plantea hasta qué punto es posible desposeer al lenguaje de sentido. Es esta reunión asamblearia que dura poco más de una hora se habla todo el rato, aunque no se diga absolutamente nada. Lógicamente, hay un eficaz giro de guion que no vamos a desvelar, pero prefiero quedarme con la moraleja. Cuántas veces el lenguaje es un trampantojo, un simulacro.

Mientras la poesía dice lo que no se puede decir con palabras, en el otro extremo se sitúa la palabrería vacua. Mucho más extendida de lo que creemos. Siempre han corrido malos tiempos para lírica. Ahora y siempre. Sin embargo, hablar por hablar nunca ha estado tan de moda. Baste escuchar lo dicho por los políticos en los dos años que llevamos de campaña electoral permanente para constatarlo.

Asamblea daría para varios ensayos sobre metalenguaje. En mi tierra, que es la de Álex, se practica el lenguaje de sordos. Si el 28 de abril la derecha arrebatase el poder a la izquierda en la Comunidad Valenciana, no lo duden: la política lingüística habrá tenido buena parte de culpa. Algo que para quienes comprendemos y empatizamos por igual con las dos partes, con los que defienden el valenciano como lengua minorizada (que lo es), pero también los castellanohablantes que son mayoría (y no sólo en el sur del territorio), es sumamente descorazonador. Cuarenta años después de la implantación de la autonomía, en esta cuestión no hemos avanzado nada. Si es que no hemos retrocedido y enconado las posiciones.

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