Calle Larios

Otra Feria del Libro es posible

  • Estos días las ferias del libro se suceden en toda España y queda claro, más o menos, qué se juega y a qué aspira cada una. Málaga podría tomarse esto en serio y salir ganando. Pero, en fin

Un lector hojea un libro en la Feria del Libro de Málaga. Cuidado: lleva en sus manos un ejemplar y no tiene miedo a utilizarlo. Un lector hojea un libro en la Feria del Libro de Málaga. Cuidado: lleva en sus manos un ejemplar y no tiene miedo a utilizarlo.

Un lector hojea un libro en la Feria del Libro de Málaga. Cuidado: lleva en sus manos un ejemplar y no tiene miedo a utilizarlo. / Javier Albiñana (Málaga)

Hoy termina la Feria del Libro en la Plaza de la Merced. He pasado por aquí todas y cada una de las jornadas desde la inauguración del pasado día 26, casi siempre de manera discreta, sin hacerme el periodista, para comprobar el ambiente y ver cómo respira lo que se cuece entre libreros, autores y, sobre todo, lectores. El día 1, festivo, estuve con la familia y me llevé una gran alegría al ver la plaza llena, con los expositores a rebosar de gente y los monitores de la carpa de las actividades infantiles sin poder dar abasto para atender a todos los pequeñajos que querían encuadernar sus propios cuentos sin perder de vista el teatrillo para la animación a la lectura. Vi bolsas llenas de libros que iban y venían y las cajas registradoras en pleno frenesí, que de eso se trata. A falta de los balances definitivos, la primera impresión que cabe extraer de la edición que ahora acaba, la número 49 nada menos, es que la Feria del Libro interesa a mucha gente. No es, por si acaso alguien pretende verla así, un pasatiempo marginal para quienes no tienen nada mejor que hacer. Es cierto que, por una cuestión de mera costumbre, la propuesta resultará más interesante a lectores más esporádicos que a quienes compran libros con frecuencia, especialmente novedades editoriales, en sus librerías predilectas, ya que para éstos, al fin y al cabo, la Feria del Libro no entraña excesivas novedades salvo la posibilidad de asistir a los encuentros con autores o de beneficiarse de los descuentos; pero, de cualquier forma, la Feria del Libro reclama, y mucho, la atención de la comunidad lectora en Málaga, que es amplia, diversa y cambiante. Sin embargo, precisamente a tenor de este carácter proteico que atañe a, con perdón, la masa lectora, habría preguntarse en qué medida esta Feria del Libro, la de Málaga, responde a este interés o al menos lo pretende. Porque, al mismo tiempo que he podido constatar el interés de muchos lectores, ha sido inevitable llevarse la impresión estos días de que la Feria del Libro de Málaga sigue siendo un poco la de siempre, con los mismos expositores, las mismas ofertas, las mismas actividades e incluso, en gran medida, los mismos autores invitados (aunque quizá este año se ha percibido un mayor empeño por parte de las instituciones organizadoras en convocar a escritores verdaderamente representativos de la literatura española contemporánea, a pesar de algunas lamentables caídas de últimas hora). Mientras tanto, resulta que ahí fuera, en una ciudad del cariz mestizo y cosmopolita de Málaga, la gente lee en todos los soportes, en distintos idiomas, con diversos intereses y a menudo de maneras insospechadas, lo mismo poemas que blogs, lo mismo en casa que en el metro, el autobús, la cafetería del desayuno o la misma Plaza de la Merced a ciertas horas del día. Hay incluso quien ya se ahorra la lectura y se acoge a la novedad más in, la del audiolibro, que como poco constituye un fenómeno literario digno de atención. ¿Ofrece la Feria del Libro respuesta a esta multiplicidad? Me temo que no. ¿Podría hacerlo, debería? Por supuesto que sí. Luego están los que no leen ni para atrás, que son unos cuantos. Pero a éstos mejor los dejamos para el otro día.

Mientras tanto, ahí fuera, en una ciudad del cariz mestizo y cosmopolita de Málaga, la gente lee en todos los soportes, en todos los idiomas

Mientras la lectura como fenómeno social y cultural evoluciona a base de paradojas, entre la permanencia reinante del papel y las más excitantes posibilidades virtuales, nuestra Feria del Libro sigue su andadura en la Plaza de la Merced, donde se instaló hace algunos años casi de rebote tras la dudosa experiencia del Palmeral de las Sorpresas. Y resulta inevitable que el certamen se contagie de las mismas servidumbres de tan señera plaza, el fracaso más abultado de los planes municipales para la regeneración del centro. El olor de los contenedores de basura anexos se filtra abundantemente por la mañana, pero es que en las cuatro esquinas del recinto huele a pis durante todo el día: lo que han tenido que soportar algunos libreros estos días no tiene precio. La carpa habilitada para las presentaciones es indigna de cualquier feria del libro que se precie, por no hablar de su dotación interior. Y seguramente sería deseable un emplazamiento donde no hubiera que competir con turistas enfadados por no disponer de la mejor perspectiva para fotografiarse con la escultura de Picasso por culpa de los libreros. El año que viene se contarán cincuenta ediciones de una Feria del Libro que podría aportar mucho a Málaga si la ciudad reparara en ello. Igual habría que aceptarla como la primera.

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