Calle Larios

Al mejor postor

  • La idea de convertir el centro en un circuito de Fórmula 1 es una genialidad

  • Igual alguien propone un día una solución para que turistas y residentes puedan convivir en beneficio de todos

Ahí lo tienen, con impacto medioambiental nulo y emisiones iguales a cero. Ahí lo tienen, con impacto medioambiental nulo y emisiones iguales a cero.

Ahí lo tienen, con impacto medioambiental nulo y emisiones iguales a cero. / Alvaro Hidalgo Pedrosa

Resulta que mientras la municipalidad sigue buscando ideas para poner a Málaga en el mapa (el alumbrado navideño y la gala de los Goya nunca podrían ser suficiente), hay gente dispuesta a pensar en grande. Álvaro Hidalgo, estudiante de Arquitectura de la Universidad de Málaga, ha ideado para su Trabajo de Fin de Grado un circuito urbano de Fórmula 1 que se extendería por el centro de Málaga, a lo Mónaco, con una recorrido de cinco kilómetros. En su diseño, Hidalgo ha tenido la gentileza de dejar dentro del perímetro sólo una manzana, en la calle Molina Lario, para que las carreras no interfieran demasiado en el día a día de la ciudad. Otra cosa es que haya que desviar el tráfico, pero esas cosas aquí se hacen por mucho menos: no en vano, contamos con procesiones, carreras urbanas y demás motines por los que vale la pena cerrar el paso a los automóviles de vez en cuando. En las gradas del circuito podrían disponerse entre 40.000 y 50.000 espectadores, lo que no es moco de pavo. Dada la movilidad con la que los seguidores de la Fórmula 1 se desplazan por todo el mundo para completar el calendario de circuitos, hablaríamos de entre 40.000 y 50.000 pernoctaciones, reservas en restaurantes y, ya puestos, entradas a museos, que lo uno no quita lo otro. La idea de Hidalgo es magnífica, por atrevida y capaz a la hora de emplear el urbanismo existente en una redefinición absoluta de la ciudad. El único impedimento para llevarlo a cabo es el excesivo coste que acarrearía la operación, pero si hay inversores dispuestos a financiar la construcción de un rascacielos descomunal en el dique de Levante, ya me dirán si no habrá por ahí algún jeque con demasiado dinero y demasiado tiempo libre capaz de liarse la manta a la cabeza. Si Antonio Banderas accede a hacerse la foto a cambio de que le dejen salir con la gorra del Teatro del Soho, ya se habrá andado medio camino. ¿No tenemos ya en el centro árboles parlantes, norias que desaparecen de un sitio y reaparecen en otro como desplazadas nocturnamente por sigilosos gigantes, rodajes de Netflix, coronaciones de Vírgenes a la primera de cambio y hoteles de Moneo? ¿Por qué no un circuito de Fórmula 1? La carrera de verdad, la que importa, es la que ha tenido lugar esta semana en Fitur. Ahí es donde las ciudades se la juegan para ganar más turistas que nadie la próxima temporada. Y Málaga cuenta con un Ayuntamiento entusiasta a la hora de inventarse reclamos, a cada cual más espectacular; pero, más aún, con una población que acepta mansamente la continua transformación del centro de la ciudad en el artefacto más descabellado. Así que si la cuestión es sólo económica, habrá que darle tiempo. Por cierto, seguro que si hacen el circuito sale el alcalde a presumir de que el impacto medioambiental y las emisiones son iguales a cero.

Seguro que hay por ahí algún jeque con demasiado dinero y demasiado tiempo libre dispuesto a liarse la manta a la cabeza

Lo curioso de todo esto es que el centro Málaga presenta de manera natural, sin necesidad de acudir a inventos ni a proyectos descacharrantes, el que seguramente es el mayor reto para arquitectos y urbanistas del presente siglo en Occidente: la convivencia de turistas y residentes en virtud de modelos que permitan a ambos satisfacer sus intereses, sin la erosión de los signos fundamentales de la identidad histórica y cultural de la ciudad y sin menoscabo de su potencial turístico. Frente a la tendencia creciente a asumir a los vecinos como un inconveniente secundario, como si no merecieran ciertos derechos y como si, por tanto, fuesen ciudadanos de una categoría inferior (no sólo los residentes del centro, también los que acuden a sus enclaves a pasear, distraerse, disfrutar del ocio y trabajar) con tal de que el turista perciba el centro como un parque temático dispuesto a sus anchas, a lo mejor es posible encontrar fórmulas sostenibles para la cohabitación sana, sostenible y respetuosa con los intereses del otro. Es cierto que esta convivencia es un reto global, pero también lo es que algunas ciudades europeas han dado pasos importantes a la hora de reordenar usos y espacios para esa convivencia. Aunque seguramente será más fácil encontrar inversores para el circuito de carreras, porque a ver a qué jeque le interesaría esto. En una ciudad vendida al mejor postor, la autonomía es una quimera.

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